El secreto de la Lechuza

La lechuza Lechu era la más vieja del bosque. La más vieja y más severa. De noche cazaba ratones campesinos , de día dormía en la espesura, en el hueco de un tronco de roble.

Solía ocurrir que algún pichoncito o ardilla traviesos perturbaran su reposo. Entonces, Lechu capturaba al revoltoso y lo escondía en el hueco oscuro. Los padres pedían disculpas a Lechu.

-¿Lo reprenderán?- preguntaba la lechuza.

-¡Sin falta!- aseguraban los padres

Lechu soltaba al prisionero.

Los otros animales prevenían a sus hijos:

-¡No despierten a Lechu!

Naturalmente, con gusto Lechu no dormiría de día, pero tenía la vista débil, no soportaba la luz diurna.

Quiéralo o no estaba obligada a pasar todo el día con los ojos entornados. ¡Tenía tantas ganas de ver lo que pasaba de día en el bosque! Nadie sabía el secreto de la lechuza Lechu.

Cierta vez apareció en el bosque el gorrión urbano Gorri. Era de los gorriones insolentes que meten su pico en cualquier parte.

A Gorri no le costaba nada picotear, al vuelo, el helado que llevaba en la mano un niño. O en el jardín del zoológico meterse en la jaula del águila y probar su comida, aunque a los gorriones no les gusta la carne cruda. Todo esto, Gorri no lo hacía por hambriento, sino para mostrar su audacia.

Cuando fue al bosque vecino, Gorri estaba seguro de que sólo le aguardaban victorias. El volaba cantando a toda voz una canción jactanciosa. ¡Y de improviso tropezó con Lechu!

La lechuza giró en la rama como gimnasta en la barra fija. En un instante ya tenía apretado en el pico a Gorri mansito, lo metió en el hueco y le comunicó que lo soltaría sólo a ruego de sus padres.

“¡No sé donde están mis padres!”, se acongojó Gorri.

Quiso recordar cuándo vio a mamá y a papá la última vez y no lo logró.

De noche, Lechu pudo ver por fin al gorrión durmiendo y comprendió que el prisionero no era de ese lugar.

Gorri paso al régimen de la lechuza, de noche conversaba con ella, de día dormía. Lechu le contó su pena, le reveló su secreto.

¡Te ayudaré abuelita! - exclamó Gorri -. Suéltame por un día.

“Seguro que miente”, pensó Lechu. Pero era absurdo retener en el hueco al gorrioncito que no sabía otra cosa que charlar. Lo soltó.

Gorri anduvo toda la mañana por la ciudad, trataba de entrar osado, a consultorios de oculistas y tiendas de óptica. Piaba desesperado, pero la gente que no comprendía lo que buscaba el gorrioncito, le arrojaba migajas y semillas.

Al revolotear sobre la playa, Gorri quiso bañarse; descendió y... ¿Qué vio? Unos anteojos ahumados para proteger del sol, que olvidó alguna niña distraída.

Se los llevó.

Con gran dificultad llegó al bosque, la carga resultó pesada. “¡Qué proeza, encontrar anteojos! - pensó -¡Otra cosa sería comer con el águila! ¡Los tiraré!”

Pero se contuvo. “¡Oh, no, la promesa hay que cumplirla!”

Al llegar al árbol de Lechu, entregó los anteojos a la hosca dueña. -¡Haga el favor de probarlos!- La lechuza se los puso y miró en torno.

-¡Fantástico! - gritó -. Yo creía que el bosque era azul y en realidad es verde, ¡qué belleza!

Lechu extendió las alas y voló. El bosque le pareció un poco desconocido y por eso particularmente atractivo.

El gorrión Gorri volvió sin contratiempo a la ciudad.

Vivió allí el otoño y el invierno. En primavera se preparó para viajar.

¿A dónde vas? - le preguntaron los gorriones.

-De vacaciones, a visitar a mi abuela - respondió Gorri -.

Sabía que Lechu se alegraría mucho.

Serguéi Makeev