Dos verdaderos enemigos

Por Ben Tanosborn

Nuestro gobierno estadounidense es demasiado rápido en sacar su pistola y, sin identificar bien al enemigo, no pierde tiempo en declararle una guerra incondicional.

Primero fue en Vietnam… luego la guerra contra la Pobreza… seguido de la guerra contra las Drogas. Y ahora es la guerra contra el Terrorismo.

Nuestros dirigentes han fallado al no reconocer que las guerras no pueden ser ganadas hasta que no se conozca al enemigo, se le dé batalla y quede sometido.

Sin reconocer sus derrotas, EEUU se retiró de las contiendas contra Vietnam y la Pobreza. Pero continúa activo en la guerra contra las otras dos: drogas y terrorismo, ambas absorbiendo cuantiosos recursos económicos y humanos del país. Nuestro “Quijote de Washington” ha encontrado a sus maléficos gigantes, que otros vemos como molinos de viento; pero a diferencia del Caballero de la Mancha, él está cuerdo, y por lo tanto sin redención.

Nuestros dirigentes están confusos sobre los verdaderos enemigos, haciendo que estadounidenses se enfrenten entre sí en una guerra civil de corazones y mentes.

Por tres décadas, nuestro gobierno ha llevado la guerra antidroga con una retórica elevada, esgrimiendo sus armas contra el suministro de drogas, en vez de atacar al verdadero enemigo: la demanda.

Nuestro gobierno debe reconocer, y hacer público, que el enemigo en la lucha antidroga es la demanda y no el suministro. Además, atacar a esa demanda con suficientes recursos para diezmarla, con un programa multifacético de educación, rehabilitación y apropiada aplicación punitiva. A corto plazo, los fondos ahorrados por no tener que albergar una colonia penal gigantesca que las drogas han creado, podrían hasta sufragar los gastos de un programa que mantuviera al país razonablemente libre de drogas.

En cuanto a la guerra contra el terrorismo… no les vendría mal a nuestros dirigentes saber por qué somos blanco del terrorismo. Sin mucha investigación descubrirían el por qué del odio. A menos que prefiramos continuar con vendas en los ojos, o en negación continua, la respuesta es clara: nuestra política exterior no es imparcial, no importa como la defendamos o racionalicemos.

Si los dirigentes estadounidenses insisten en mantener una postura farisaica, deben también estar dispuestos a aceptar la censura internacional. Si los ciudadanos votan a dirigentes que abogan por políticas de hegemonía y acción unilateral y abiertamente declaran a EEUU por encima de la ley internacional, entonces debemos estar dispuestos a pagar las consecuencias.

Si tan solo la administración en Washington tuviera la sensatez de hacer una pausa, ver su comportamiento y optar por lo mejor para el país, para todos, el identificar al enemigo sería fácil. Quizás el 2004 traiga esa sensatez y cambie algunas mentes, y algunos corazones. Por lo menos nos traerá importantes elecciones, dándonos una oportunidad de purificación y renovación humana.

Entretanto, recordemos a nuestros dirigentes, día tras día, quiénes son los enemigos en estas dos guerras. Demanda es el enemigo en la guerra antidroga. Y una Política Exterior defectuosa es el enemigo principal en la guerra antiterrorista.