Los beneficios globales de la igualdad

Por Joseph Stiglitz

Póngase usted en el lugar de un agricultor africano pobre, quien a penas consigue salir adelante con una o dos hectáreas de tierra. Quizá nunca haya oído hablar de la globalización, pero sin duda se ve afectado por ella: vende algodón que algún trabajador de la Isla de Mauricio convertirá en una camisa según el diseño de un modista italiano, para que la acabe luciendo un parisino acomodado. Está en mejor situación que su abuelo, quien se dedicaba a la agricultura de subsistencia. Pero es a su vez víctima de la globalización y de un régimen económico mundial injusto que se ha ido gestando a lo largo de los años, volviéndose en ocasiones cada vez más injusto.

El precio del algodón que usted vende es tan bajo debido a que los EEUU gastan hasta 4.000 millones de dólares al año en subvencionar a sus 25.000 agricultores, animándolos a que produzcan más y más algodón (los subsidios llegan a ser superiores al valor de lo que producen); y cuanto más producen, más baja el precio del algodón.

Así, a usted se le ocurre redondear sus ingresos comprando una vaca para vender la leche. Pero la leche es tan barata que no compensa: su leche fresca tiene que competir con la leche en polvo de Estados Unidos y Europa, naciones que pagan por sus vacas subvenciones de 2 dólares diarios, es decir, más de lo que ganan usted y sus vecinos.

La agricultura es crucial para los países en vías de desarrollo, ya que la mayoría de las personas del tercer mundo dependen de ella, y sin embargo, después de haber estado discutiendo entre sí, Europa y los EEUU parecen haber acordado limitar los avances a un mínimo.

Desde 1994, los EEUU han duplicado sus subsidios, en lugar de suprimirlos progresivamente. La "concesión" que tal vez acaben por hacer, más que en un resarcimiento por los desequilibrios, consistirá simplemente en volver a los niveles de hace una década. En lo que respecta a la propiedad intelectual, los EEUU han sido el único país que se resiste a permitirles a los países más pobres, como Botswana, el acceso a los medicamentos que ellos mismos no pueden producir por tratarse de países demasiado pequeños. La gran "concesión", que ya está en marcha, consistirá en aprobar aquello que ya ha aprobado todo el mundo, pero no mover un dedo en lo referente a los problemas más fundamentales, como la biopiratería, mediante la cual las multinacionales patentan alimentos y fármacos tradicionales, obligando a los países en vías de desarrollo a pagar derechos de propiedad por lo que hasta entonces pensaban que les pertenecía.

Mientras que se debería hacer algo en relación con los problemas que ya existen, como la proliferación de las barreras no arancelarias, los EEUU están también planteando nuevas exigencias a los países en desarrollo: a saber, que se abran a los nuevos flujos de capitales especulativos y desestabilizadores. Justo en el momento en que el FMI ha reconocido que estos flujos no fomentan el crecimiento, sino que, al contrario, aumentan la inestabilidad, y consecuentemente han aflojado la presión sobre los países en desarrollo para que liberalicen su mercado de capitales, los EEUU están intentando impulsar este tema en un nuevo foro, la OMC, algo que puede ser conveniente para Wall Street, pero es malo para los países pobres.

Poco a poco, los países en desarrollo están llegando a la conclusión de que más vale no llegar a ningún acuerdo que aceptar un mal acuerdo. Sí, es cierto que para gobernar el comercio internacional se necesita una legislación internacional; hasta cierto punto, el régimen actual restringe el brutal ejercicio de poder económico que llevan a cabo los más poderosos.

El Dr. Joseph Stiglitz de la Universidad de Columbia de Nueva York presidió el Consejo de Asesores Económicos del Presidente Clinton, y de 1997 a 2000 fue vicepresidente y economista jefe del Banco Mundial. Fue uno de los galardonados con el premio Nobel de ciencias económicas en 2001.