EL CAMBIO DE VALORES

Por Arturo Ramo García

A veces los adultos tendemos a resaltar los aspectos negativos que vemos en la sociedad y en la juventud: lo mal que está el ambiente, el problema de la droga, el alcohol, las salidas nocturnas, las perversiones de la sociedad actual, etc.

Efectivamente estamos en una época de crisis moral y de valores, aunque las pasadas generaciones también tuvieron otras crisis y otros problemas. Hay valores que, aun siendo positivos en si mismos, están en decadencia o poco apreciados por la sociedad actual. Pero también es verdad que han surgido nuevos valores entre los jóvenes. Uno de ellos es la solidaridad ante una catástrofe o un vertido de petróleo en el mar. También se observa la generosidad del voluntariado con la proliferación de organizaciones no gubernamentales, en las que miles de jóvenes dedican tiempo y trabajo de forma altruista. En el ambiente observamos una clara aspiración a la paz entre las naciones; el rechazo ante las desigualdades entre razas, clases y naciones; la defensa de los derechos de la mujer y su dignidad; la estima de las libertades individuales y colectivas y la preocupación por los desequilibrios ecológicos.

También en el terreno religioso vemos aspectos positivos en los encuentros del Papa con los jóvenes, en los que se reúnen, en un ambiente de alegría y compañerismo, miles de chicos y chicas venidos de muchas naciones.

A la gente joven no le gusta que se les hable en tonos apocalípticos como si en los tiempos modernos sólo hubiera ruina y depravación. Los padres y educadores deberían limitar al máximo los comentarios negativos sobre las costumbres y modas de la generación actual y sobre todo cantar las bondades de los tiempos pasados y poner como modelo la propia juventud y estilo de vida.

Habría que evitar la cómoda tendencia a denunciar los defectos sociales y, por el contrario, descubrir “con actitud positiva y abierta” los aspectos positivos para reforzarlos y a la vez corregir los negativos, sin olvidar que muchas veces el principal problema está en la propia casa, o quizá en el propio educador.