Morir de hambre

Mientras usted lee este artículo, cuatro niños han muerto de hambre en el mundo. Cada cinco minutos muere un niño por esa causa, día y noche. Más de cinco millones de niños mueren de hambre en el mundo cada año. Cada noche, mientras dormimos, se mueren de hambre 5,760 niños. Y cada 24 horas, mueren 17,280.

No existe arma más destructiva. Todas las bombas nucleares, las químicas y las biológicas no han producido semejante número de víctimas. Y esas muertes van precedidas del sufrimiento de víctimas civiles e inocentes. No son muertes del campo de batalla. Son las víctimas del terrorismo social cuyos responsables gobiernan los Estados, son miembros de los Parlamentos, de los sindicatos, de las universidades y de los centros de poder económico y financiero. También de los poderes religiosos e ideológicos que pudiendo denunciar estas muertes injustas y alzarse contra quienes pudiendo no ponen coto a estas salvajadas censuran el uso del condón, la interrupción de los embarazos y la menor amenaza a sus estructuras de poder. ¿O no eran personas esos niños?

Nadie puede ignorar que la mayor amenaza que padecen la humanidad y nuestro planeta es la de la explosión demográfica, con sus secuelas de biodegradación, de enfermedad, de hambre y de la ira. Porque explotan las riquezas de la tierra en lugar de cuidarlas y de servirse de ellas y tratan a los seres humanos como mercancías, como presuntos consumidores o como mano de obra mercenaria a la que denominan sin rubor “recursos” destinados a ser explotados.

Que cerca de mil millones de seres sobrevivan en el umbral de la pobreza y estén desnutridos es un insulto a la inteligencia humana. Hoy disponemos de medios más que sobrados para controlar la explosión demográfica, las enfermedades más corrientes, la ignorancia y las guerras en nombre de una pretendida verdad usurpada por menos de una quinta parte de la humanidad.

Después de los sucesos del 11 de septiembre, bastaron 48 horas para congelar las cuentas bancarias de supuestos terroristas, superando el todopoderoso “secreto bancario”. Bastaría una firme decisión para congelar los depósitos bancarios donde se custodian los capitales evadidos de países cuya ayuda al desarrollo tenemos que afrontar. Hay dinero para financiar la ayuda al desarrollo. Basta con que se repatríe todo el dinero evadido y que custodian los bancos como custodiaban el de los supuestos terroristas.

Es pública y notoria la existencia de paraísos fiscales donde los bancos de los países más importantes tienen sucursales para evadir impuestos y para traficar con armas, drogas, materias primas, material estratégico y con especulaciones que llevan la ruina a los pueblos. Si la ONU pudiera controlar el fin de los paraísos fiscales y reinvertir esos capitales convenientemente habría una gran fuente de apoyo.

Lo mismo se diga con los 500.000 millones de dólares anuales procedentes del narcotráfico que se blanquean en nuestros bancos, como reconoció el Informe del PNUD de 1998.

Comencemos por sustituir el concepto de “ayuda” por el de “reparación debida” a los pueblos que los etnocentristas europeos y norteamericanos hemos explotado al tiempo que les imponíamos un modelo de desarrollo inhumano y alienante que “está a punto de provocar el estallido de una bomba social”, como denunció Butros Galli en la Cumbre de Copenhague de 1995.

Si queremos, hay dinero para financiar un desarrollo social más justo y solidario que impida situaciones tan inhumanas y explosivas como las que denuncia el Informe de la FAO. En ello nos va la supervivencia de todos.