No los perdones, Señor!

México del Norte • Jorge Mújica Murias

La última semana de 2004, el periódico The Daily Herald tuvo la ocurrencia de preguntarle a sus lectores “cómo debían los Estados Unidos lidiar con la inmigración ilegal”. Algunas respuestas pecan de una ignorancia incomparable.

David O’Neal, de algún lugar llamado Provo en Utah, escribió: “Si vienen ilegalmente, o los meten a la cárcel o les damos un fusil y los mandamos a Irak para apoyar al país donde quieren vivir. Así podemos sacar algunos de nuestros soldados y ponerlos en la frontera para que ya no entren más ilegales”.

Lo sigue Marty Lich, de Gypsum, Colorado: “Sellemos las fronteras. Apliquemos todas las leyes. Removamos todo incentivo para que vengan. No al cuidado gratuito en hospitales. Sólo emergencias y cuidado de vida o muerte ­y después deportación inmediata de los ilegales. Eso sería más barato que un cuidado continuo. Impuestos al dinero que salga del país y su devolución a quienes pagan impuestos con números reales de Seguro Social”.

Y también Barbara Vickroy, de Escondido, California, pide “mandarle el mensaje a los ilegales actuales y del futuro que no tendrán permisos o residencia permanente”, y quiere además una “ley federal que haga ilegal darles beneficios como educación, licencias de manejo y colegiaturas como residentes”.

Yeh Ling-Ling, vietnamita hijo de padres chinos, o sea tercera generación de inmigrantes, director de una cosa llamada Alianza Diversificada para una América Sostenible, que pide reducciones a la inmigración de todo tipo pide “castigar a quienes contrate ilegales, no recompensar a los que ya están aquí, darle mas personal y dinero a la Patrulla Fronteriza y los inspectores del trabajo”.

Y si todavía no se le ha revuelto el estómago, ahí le va otra: Jennings C. Fish, de Spanish Fork, Utah, prefiere “terminar un trabajo mal hecho”. “Seis de nuestros estados del suroeste son derivados de territorio mexicano. La inmigración ilegal se resuelve anexando el resto de México El ciudadano común mexicano estaría agradecido”.

Aquí podríamos repetir que los indocumentados pagan más impuestos que el costo de los servicios que usan, que el Seguro Social tiene 300 mil millones de dólares en cuentas sin número válido, que los muertos latinos en Irak ya son demasiados y que cada vez hay menos (no más) estados que no dan licencias de manejo sin papeles. Podríamos poner también que México tiene depositados en bancos de Estados Unidos cuatro veces más que lo que mandamos de remesas, pero sería inútil. Por alguna razón, los gringos no parecen leer esta columna.

Mejor los dejamos contestarse entre ellos. Geoffrey Evans, de Orem, Utah, dice que “en vez de culpar a los patriotas de Estados Unidos que defienden la frontera, el lenguaje y la cultura, hay que culpar a México y su inepta economía y sistema político que han forzado a sus pobres indeseables a venir aquí para que nosotros nos hagamos cargo del problema. ¿Qué hacer con ellos?, Los usamos como esclavos para permitirle a los codiciosos comerciantes hacerse ricos de estos desgraciados”.

Las posiciones son claras, y los números también. El gringo promedio sigue siendo discriminador, intervencionista y contrario a la inmigración. Pero sobre todo, ignorante. En la minoría están los realistas que conocen el tema, pero que, otra vez, son los menos.