El auxilio de los pobres

Resumido del diario La Opinión

Hace unos meses, un periodista colombiano director de una revista para latinoamericanos en Madrid hizo el análisis más interesante y hermoso que haya escuchado sobre el tema de los emigrados y las remesas que envían a sus países.

‘Mire’, dijo Mauricio Hernández Contreras, ‘América Latina ha tenido un grupo de familias que ha hecho, desde siempre, una concentración de poder. Imagínese una pirámide. Todo el dinero se ha concentrado en la punta. Los capitales los han mandado y los mandan afuera, a Estados Unidos y a Europa. No se ha reinvertido socialmente en nuestros países. La consecuencia es la pobreza, la violencia y la inseguridad que se vive en nuestros países’, explica.

‘Esta gente fue explotando los recursos del país, pero al sacar su dinero y mandarlo para el exterior, las empresas terminaron por caerse. Entonces concluimos que el empobrecimiento de América Latina se debe, en gran medida, a sus ricos’, agrega Hernández.

‘¿Qué es lo que está pasando ahora?’, continuó, emocionándose. ‘Que los pobres la están enriqueciendo. Esos emigrados que se han tenido que ir porque no han tenido trabajo, han salido sin nada, son los que están devolviendo el dinero, que además no se está quedando en toda esa minoría de cúpulas en la parte de arriba, sino que está viniendo a la base de la economía’.

Agrega el periodista que ‘eso va a generar un crecimiento importante en la economía latinoamericana, porque el dinero se está invirtiendo en la parte de abajo. Porque el dinero llega a la familia del zapatero en un barrio pobre y ese señor va y compra la leche, los alimentos, etc., generando también otros empleos’.

‘En Colombia, después de 2001, las remesas ingresan al país más dinero que el que genera el café. Pero el negocio del café lo controlaron siempre 25 familias. ¿Cómo es posible que de este producto el pueblo no recibiera nada? Es la maldita pirámide de siempre. Pero ahora, la mayor cantidad de divisas ya no entran por la exportación del café sino por las remesas’, puntualizaba Hernández en aquella conversación.

Hay algo de justicia poética en el hecho de que los latinoamericanos emigrados estén convirtiéndose en la principal fuente de riqueza de sus países, con el dinero que envían. Claro, que esta recompensa no es gratis. Por ella se paga un precio, el del exilio, el del trabajo duro, en ocasiones la discriminación y el racismo, el desarraigo.

Y la tristeza. Por mucho que a uno le vaya bien como emigrado, por mucho que uno triunfe y haga una nueva vida, queda siempre la tristeza, y la injusticia, de no haber podido hacerlo en el lugar donde uno nació, que le es familiar, querido y entrañable.

Pero en algo ­bastante­ consuela pensar que donde cierta clase chupasangre de nuestros países ha contribuido a desvalijar las arcas de las economías, es allí donde el emigrado hace justicia con su esfuerzo y ayuda a devolver un poquito del balance perdido. Ellos seguirán yendo hacia el norte y el dinero seguirá yendo hacia el sur, como antes y siempre han ido también hacia el norte los recursos naturales más valiosos de América Latina.