Sentada en un lugar mágico llamado Cuetzalan, en el estado de Puebla, México, me sentí transportada a un paisaje mítico, que aparecía y desaparecía ante mis ojos a medida que la neblina jugaba en la escena.

Desde donde estaba se podía ver el campanario de la iglesia principal del pueblo como precidiendo un lugar donde el tiempo parece haberse detenido.

Existen algunos lugares en la tierra donde parece abrirse una ventana a todas las eras y donde gentes de distintas épocas conviven.

Las callecitas retorcidas muy angostas, en piedra, con balcones españoles y aceras para solo una persona presentan un marco donde los indígenas del pasado, la gente occidental del actual México y extranjeros de remotos lugares comparten los colores, aromas y vegetación exhuberante, cada uno en lo suyo y a la vez presentando por eso multitud de preguntas al espectador.

Esa misma mañana había estado viendo las noticias en la televisión. Nuevamente, el mundo enfrentaba un aumento de actividad bélica en el Medio Oriente y la gente de todos los puntos del planeta reaccionaba a las noticias mientras se preguntaba cuándo habría paz allí y en muchos otros lugares de conflicto.

Otras noticias eran igualmente perturbadoras; la gente perdiendo sus empleos, negocios vacíos y muchos por doquier sintiendo la llegada de un nuevo año cargado de mayores preocupaciones.

Durante la conversación tomamos café de la región, acompañado de tortillas, hotcakes y pan, -una vez más tres culturas mezcladas dentro de la cotidianidad-.

Estabamos emocionados de visitar las pirámides y las ruinas de Yohualichan, un recordatorio presente de civilizaciones superiores que dejaron su huella para que nosotros pudiéramos verla. Recordamos también la sabiduría de los Mayas y los Aztecas, así como la de los Egipcios, los Celtas y los Incas en otras partes del mundo.

Mientras la televisión continuaba hablándonos de bombas y muertos nosotros estábamos allí, maravillándonos de como la gente de otros tiempos nos había dejado un legado de conocimientos y otras formas de obtener la felicidad.

Varias veces durante la conversación vimos la torre de la iglesia aparecer y desaparecer, a medida que la neblina se hacía más evidente o era disipada por el sol.

Empezamos entonces a preguntarnos, cuál era la realidad? Era la relidad la neblina que no nos dejaba ver la escena? Era la visibilidad parcial que aparecía al azar? O tal vez, era la iglesia que siempre estuvo allí pero muchas veces no podíamos ver?

Cuantas veces en la vida tenemos la certeza que hay una realidad eterna que no vemos o no podemos percibir.

Cuál es la realidad? Los indígenas mexicanos que aún visten su propia indumentaria, que acuden a sus médicos tradicionales y caminan descalzos por las calles de aire español, vendiendo hierbas, frutas y trabajos bordados y de telar? También allí se encuentra el típico mexicano, a mitad de camino entre su cultura y otra importada de los Estados Unidos, que le ofrece cola y hot cakes. Este ve televisión, se preocupa por el futuro y tiene necesidad de empleo, puesto que la tierra no le ofrece ya nada de valor. No obstante ama su tierra natal y se enorgullece de ella, al mismo tiempo que sueña con autos, internet, vestuarios lujosos y comida extranjera.

Y también tenemos a los extranjeros, aquellos que quieren escapar de la otra realidad que les plantea la guerra, la violencia y la muerte, y que buscan alivio en las ruinas y en las tradiciones de pueblos que tuvieron sabiduría, y saben sin embargo, que no pueden volver al pasado.

Cuántos millones de personas se ven mal influenciadas por las imágenes de una situación política que persiste y es enforzada por los políticos, mercaderes de armas y negociantes de guerra, que fuerzan al mundo a ver el lado más feo de la humanidad.

Doy gracias por la oportunidad que me ofreció este viaje a México, de refrescar mi mente y recordar que hay más bondad y gente genuina en el mundo de lo que a la televisión le conviene revelar sin afectar su sintonía.

Por eso, démosle la bienvenida al 2009 con nuevos ojos y valoremos lo que tenemos.

Estas fotos, tomadas a solo 5 minutos entre una y la otra muestran un aspecto del paisaje mágico que caracteriza a la hermosa ciudad de Cuetzalan, en el estado de Puebla.