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  • Edición impresa de Enero 3, 2013

• México del Norte •

Victoria “Vicky” Soto, hija y nieta de inmigrantes puertorriqueños e irlandeses, descanse en paz

Así dice la Segunda Enmienda de la Constitución de Estados Unidos: “Siendo una milicia bien regulada necesaria para la seguridad de un estado libre, el derecho del pueblo a tener y portar armas no debe ser restringido”.

El parrafito ha sido interpretado y reinterpretado durante más de 200 años, para ser entendido no como un concepto de que para preservar la seguridad del país era necesario que la gente tuviera capacidad de responder a una invasión, sino como un derecho irrestricto para comprar y portar un arma.

Así llegamos a Newtown, Connecticut, donde un cuate con problemas mentales asesinó a 27 personas, 18 de ellos niños.

No es novedad. Ha habido 31 masacres solamente en escuelas en este país desde 1999, cuando otros dos cuates con broncas mentales inauguraron una época abriendo fuego contra sus compañeros estudiantes en la Secundaria de Columbine, en Colorado. En contraste, ha habido 14 balaceras en escuelas en el resto del planeta durante ese período.

En general, la cantidad de asesinatos por armas de fuego en Estados Unidos es 19 veces más alta que en otros países del mismo nivel económico, unos 11 mil cada año en promedio.

Pero la Constitución dice que es un “derecho” tener y portar armas. Los defensores de la tal enmienda sostienen que “las armas no matan a nadie, sino que las personas matan otras personas”. Es un argumento ridículo porque esas armas están expresamente diseñadas para matar gente y nada más.

Ahora dice Barack Obama que hay que hacer algo, y la discusión se encamina a regular a los locos, en vez de las armas.

En el fondo, lo que habría que regular es un negocio, el de las armas, el tercero más productivo en el mundo después del tráfico de drogas y el de personas, y una cultura armamentista y agresiva.

Igual que la lista de masacres es larga, la de intervenciones militares de Estados Unidos en el resto del mundo también lo es. Prácticamente, Estados Unidos ha participado, patrocinado o promovido alguna guerra o invasión a otro país del mundo una vez cada año de sus 230 de vida independiente.

El calendario del país está repleto de festejos para el ejército, los veteranos, las batallas, los héroes de la guerra y los mártires de guerra. Se celebra, entre otros, el “Día de la Lealtad” el Primero de Mayo, que nació como respuesta al Día Internacional de los Trabajadores. Se trataba de borrar la idea de la comunidad mundial y la igualdad de los trabajadores de todo el mundo, y sustituirlo por un evento nacionalista, machista y patriotero.

En otras palabras, es el día de recordar que hay libertades como la de tener y portar armas, y ya encarrerados, pues ir a usarlas para lo que están hechas, matar a cualquiera por ahí en un centro comercial o una escuela.

En este tema se plantean muchas “soluciones”, desde pruebas de salud mental para comprar un arma hasta mochilas blindadas en las escuelas. Pero nadie ha planteado dejar de producir y vender mercancías designadas para matar gente y la correspondiente cultura de que hay que asesinar a alguien más para “seguir siendo libre”.

En otras palabras, no hay ninguna solución real.

 

 


 

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