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  • Edición impresa de Enero 15, 2013

El “obispo en resistencia” celebró su 25º aniversario episcopal

Obispo en resistencia, obispo de los paganos... Son muchos los calificativos que se le han puesto al fraile dominico mexicano de 67 años Raúl Vera, una de las voces más incendiarias de América Latina, un católico hasta la médula que lo mismo canta mambos que celebra misas para prostitutas u homosexuales, protege a inmigrantes, defiende a mineros, arremete contra las multinacionales que privatizan la naturaleza y no duda en denunciar toda injusticia, llegue de la Iglesia, del gobierno o de cualquier otro poder fáctico.

Desde su diócesis de Saltillo (estado de Coahuila, en el norte de México) Vera levanta pasiones. Llena los ojos de lágrimas a las madres de desaparecidos a los que acompaña en sed de justicia y consuelo mientras desata en otros el deseo de eliminarlo para que no moleste más, como ya han intentado en varias ocasiones.

Galardonado con el premio noruego Rafto de derechos humanos en 2011 y candidato al Nobel de la Paz en 2012, celebró sus 25 años como obispo, un jubileo que fue un alegato a favor de la teología de la liberación en pleno siglo XXI.

Las balas ya le han pasado cerca. Una de las primeras veces en el Chiapas paramilitarizado que siguió al alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en 1994, cuando dispararon a la furgoneta de transporte de ganado en la que viajaba él con catequistas y el obispo de San Cristóbal de las Casas, Samuel Ruiz. Vera había llegado a Chiapas como “inquisidor” del “tatik” (padre, en tzeltal) Samuel, con el claro mandato del Vaticano de neutralizar su labor en favor de los indígenas y los zapatistas. “Pero algo salió mal - escribe la revista Observatorio Eclesial-. Por un grave error de cálculo eclesiástico, o una certera acción divina, según se prefiera, este elocuente religioso decidió seguir otras órdenes que las del obispo de Roma, a quien juró plena obediencia, y obedeció a los indígenas”.

En 1999 la Santa Sede lo destierra a Saltillo y allí volvió a escandalizar a las élites conservadoras de México y el Vaticano. Primero se puso de parte de las familias de los 65 mineros muertos en 2006 en la mina de Pasta de Conchos (Coahuila) que exigían responsabilidades por el accidente y la devolución de los cadáveres. Luego tomo partido por unas prostitutas que habían sido violadas por miembros del ejército y garantizó que cualquier denuncia de pederastia en el seno de la Iglesia de la que tuviera constancia iría directamente a los juzgados.

Sus acciones queman igual que sus palabras. En Saltillo, por ejemplo, creó una pastoral para homosexuales que fue cerrada por presiones de la derecha e hizo que la Santa Sede lo llamara a consultas.

Días antes de la reunión por su jubileo, se sentía tan feliz como un niño la noche de Reyes. Religiosos y laicos que luchan por otro mundo posible le acompañaron con reflexiones teológicas y sociales mientras, entre conferencia y misa, reían con sus chistes de curas, su especialidad.

 


 

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