Conocer para ayudar

Por: Carlos Miguélez/CCS

Una compañía neozelandesa ofreció un envío de comida para perros en polvo a Kenia, cuya población padece hambrunas a causa de la grave sequía que azota al país desde hace cinco años. Indignado, el Gobierno del país africano respondió que los niños no están tan desesperados como para comer alimentos para perros, animales despreciados por la cultura del país.

Unos días más tarde, ese mismo Gobierno pidió 221 millones de dólares en ayuda para comprar cerca de 400,000 toneladas de alimentos con el fin de asistir a 3.5 millones de personas, la mayoría de ellas del norte y noreste del país, poblaciones nómadas y ganaderas principalmente.

En el seno de esta anécdota se encuentra un modelo de cooperación inefectivo y una falta de sensibilidad de los países industrializados hacia los demás pueblos. Esa falta impide conocer la realidad de los países. Es imposible transformar esas situaciones sin conocerlas y por eso se quedan cortas muchas “ayudas”. La explosión demográfica, la fuga ­hoy conocida también como expolio­ de cerebros, la deuda externa causada en parte por la ayuda a gobiernos irresponsables, corruptos y genocidas son pilares de esa realidad.

Quizá el enojo del gobierno de Kenia no radique tanto en que una multinacional haya equiparado la vida humana de sus ciudadanos con animales, como que haya sido con los perros que son rechazados culturalmente. Ni Kenia, ni Etiopía, ni tampoco Haití o los países más empobrecidos necesitan comida en polvo puesto que las tierras pueden producir el doble de la cantidad necesaria para erradicar el hambre. Necesitan la condonación de una deuda externa ya pagada con creces bajo imposiciones abusivas, además de un verdadero libre comercio: que sus productos puedan entrar a los más grandes mercados sin aranceles. También que se supriman todo tipo de subvenciones para que puedan competir contra los productos de los países desarrollados.

Puesto que la acción social, tanto en el voluntariado como en la cooperación internacional, tiene como protagonista a quienes padecen la injusticia es preciso comprender su realidad, escucharlos y devolverles su voz. Por eso es importante educar y sensibilizar a las personas de los países desarrollados sobre otras cosmovisiones. Así lo explicó el gran Julius Nyerere, ex presidente de Tanzania, a un diplomático europeo que le ofreció una ayuda económica.

Quienes apuestan por la justicia prefieren ayudar a que los países se ayuden a sí mismos en lugar de dar limosnas que crean asistencialismo y, por ende, dependencia.

Bienvenidas las ayudas de emergencia para aliviar las grandes catástrofes, pero las mantas y los víveres que quizá no llegarán no podrán nunca sustituir lo que suponen unos efectivos sistemas de prevención. Bienvenidos al Sur sean los profesores extranjeros que enseñan gratuitamente, pero nunca sustituirán una iniciativa que condone la deuda externa de muchos países con tal de que inviertan en sus maestros locales, sus doctores y en los sueldos de la gente más preparada para que no sean empujados fuera de su país y que unas tramposas leyes de inmigración los expolien. Si una catástrofe natural movió tantos esfuerzos, entonces es posible reaccionar ante las catástrofes humanas diarias aunque no tengan un alcance mediático. Es cuestión de querer y de actuar con cordura.