Inmigración: la tarjeta de identificación

Por Guillermo I. Martínez

Aquellos de nosotros fascinados por el proceso político norteamericano hemos sabido, desde hace meses, que este año iba a ser especial. Al fin y al cabo, es la primera vez, desde 1952, que ninguno de los candidatos a ocupar la Casa Blanca ha sido siquiera vicepresidente.

Aún estamos al comienzo de las elecciones primarias y ninguno de los partidos tiene un puntero indiscutible. Sin embargo, lo ocurrido ha cambiado la historia. Sabíamos que estos comicios iban a ser distintos porque, por primera vez, entre los aspirantes con mayores posibilidades figuran una mujer, un afroamericano y un ex prisionero de guerra. Esta elección promete poner en primera fila del debate temas polémicos como género, raza, origen étnico y edad.

Mientras los dos candidatos principales del Partido Demócrata ­Hillary Clinton y Barack Obama­ batallan acerca de quién está usando el tema racial o abusando de él, los republicanos sostienen una intensa escaramuza sobre qué hacer en torno a la inmigración.

Por ahora, todos los contendientes republicanos están de acuerdo en que hay que asegurar la frontera con México para evitar el ingreso de terroristas y de indocumentados.

Hasta el mismo senador de Arizona, John McCain, promotor de una iniciativa integral de reforma migratoria que permitiría a los inmigrantes ilegales obtener la ciudadanía norteamericana ­siempre y cuando aprendan inglés, paguen una buena multa y sus respectivos impuestos­, está a favor de construir un muro entre México y Estados Unidos.

Asimismo, el ex alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, propuso que se creara una tarjeta de identificación a prueba de falsificación para todos los inmigrantes, un documento que pudiera garantizar que están legalmente en el país y que facultara a las empresas para poderles ofrecer trabajo.

Ni siquiera McCain se pronunció sobre esta propuesta. Si bien ha aceptado que la seguridad fronteriza es esencial, fiel a sus principios, McCain sigue apoyando una legislación humana para resolver el problema de los extranjeros que están sin documentos, siempre y cuando no sean criminales.

El asunto del documento de identificación a prueba de falsificación no hubiera pasado a mayores de no haber sido por el congresista Ron Paul, candidato presidencial del Partido Republicano. Paul cuestionó si exigir a los inmigrantes esa credencial no terminaría incluyendo a todos los norteamericanos. Y tiene toda la razón.

Si bien es cierto que han sido pocos los medios de comunicación o los analistas que han abordado el tópico, Paul tiene toda la razón. ¿Cómo se les va a pedir solo a los inmigrantes que porten un documento de identificación? ¿Qué pasaría con aquellos de tez oscura o de facciones que indiquen que probablemente proceden de México o Centroamérica? Y todavía más importante: ¿qué ocurriría con todos los ciudadanos norteamericanos que poseen esas características?, ¿deberían los de segunda o tercera generación, cuyos ancestros son de países latinoamericanos, tener que explicar a la Policía local, a sus patrones o a funcionarios federales por qué ellos no tienen la famosa tarjeta?

La única manera en que una credencial podría ser aprobada sería si el requisito fuera para todos los que viven en Estados Unidos. Hay muchos países que ya la exigen. Pero en nuestro país hay muchos que estarían ferozmente opuestos a darle al Gobierno ese control sobre sus vidas.