A comienzos del siglo XX, las expansiones económicas e imperialistas de los países más poderosos de Europa comenzaron a mostrarse incompatibles entre ellas. Dos grandes bloques estratégicos y antagónicos dividían a Europa en dos. Por un lado, la Triple alianza (Alemania, Austria-Hungría e Italia) y, por otro, la Triple entente (Francia, Gran Bretaña y Rusia). A la vez, cada uno de estos países mantenía alianzas con otras naciones más pequeñas. La paz en Europa era tan frágil que el menor incidente ponía en riesgo un desencadenamiento de conflictos cruzados. Y eso ocurrió.

El 28 de junio de 1914, fue asesinado el archiduque heredero de Austria-Hungría, Francisco Fernando. El atentado fue atribuido a un estudiante Bosnio. Un mes después, Austria-Hungría le declaró la guerra a Serbia y pocos días más tarde a Rusia. Las alianzas se desencadenaron y, en poco tiempo, el conflicto armado se extendió por todo el continente. Tras varios años de equilibrio militar, en 1917, Estados Unidos ingresó a la guerra en favor de los aliados y volcó la balanza. En 1918, con el triunfo de los aliados terminó la guerra que dejó importantes pérdidas económicas y más de 8 millones de vidas humanas. El fin de la guerra, lejos de solucionar las diferencias, dejó el camino abierto para un segundo conflicto mundial, aun, peor.


John Maynard Keynes, economista de origen inglés, viajó, como delegado de su país, a revisar las condiciones económicas con que se firmaría el tratado de paz que dio fin a la primera guerra mundial. Luego de largas discusiones, Keynes se separó de la comitiva y volvió a su país disconforme. Como respuesta, publicó “Las consecuencias económicas de la paz” (1919) donde advirtió que las multas excesivas a las potencias derrotadas ponían en riesgo a toda la economía europea. El tiempo le daría la razón.

Como economista Keynes revolucionó la academia con su heterodoxia que le valió burlas y cometarios de desprestigio: lo llamaban el circo de Cambridge, en alusión a la universidad donde se formó. Propuso, en situaciones de crisis, abandonar la ortodoxia liberal y facultar al Estado para manejar las variables macroeconómicas de modo de garantizar el pleno empleo a través de fuertes dosis de consumo. Las grandes crisis financieras del año 30´, que se salían del manual (recesión con inflación), convocaron a las políticas Keynesianas y dieron buenos resultados. La economía mundial abrazó las teorías Keynesianas y nacieron, lo que se llamó, los “Estados de Bienestar”, aunque el economista inglés no los avalara.

La “Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero” (1936) fue la máxima obra de Keynes, en donde expuso su pensamiento desafiante al imperante por entonces.