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  • Edición impresa de Febrero 1, 2011

Planeta con fiebre

El sistema económico que generó la crisis no puede ser el mismo que nos saque de ella. La lógica de la economía dominante, que tiene como objetivo el crecimiento y el aumento del PIB, implica la dominación de la naturaleza, la desconsideración de la equidad social y la falta de solidaridad con las generaciones futuras. Y quieren hacernos creer que esta dinámica nos va a sacar de las muchas crisis, sobre todo de la del calentamiento global.

Pero es necesario insistir: hemos llegado a un punto en que es imprescindible repensar y reorientar por completo nuestro modo de estar en el mundo. No basta sólo un cambio de voluntad, necesitamos sobre todo transformar la imaginación. La imaginación es la capacidad de proyectar otros modos de ser, de actuar, de producir, de consumir, de relacionarnos unos con otros y con la Tierra. La Carta de la Tierra fue al corazón del problema y de su posible solución cuando afirma: “Como nunca antes en la historia, el destino común nos convoca a buscar un nuevo comienzo, lo cual requiere un cambio en las mentes y en los corazones, un nuevo sentido de interdependencia global y de responsabilidad universal”.

Este propósito no se ha hecho presente en ninguna cumbre del clima. Predomina en ellas la convicción de que la crisis de la Tierra es coyuntural y no estructural, y que puede ser afrontada con el arsenal de medios de que dispone el sistema. La referencia de base no es la Tierra como un todo, sino los estados-naciones, cada cual con sus intereses particulares, regidos por la lógica del individualismo y no por la de la cooperación y la interconexión de todos con todos. En la conciencia colectiva todavía no se ha afirmado el hecho de que el planeta es pequeño, tiene recursos limitados, se encuentra superpoblado, contaminado, empobrecido y enfermo.

No se habla de la deuda ecológica. No se toma en serio la crisis ecológica generalizada que es más que el calentamiento global. No son suficientes la adaptación y la mitigación sin dar centralidad a la grave injusticia social mundial, a los masivos flujos migratorios que ya han alcanzado la cifra de 60 millones de personas, a la destrucción de economías frágiles con el aumento en muchos millones de pobres y hambrientos, a la violación del derecho a la seguridad alimentaria y a la salud. Falta articular la justicia social con la justicia ecológica.

Lo que se impone, en verdad, es una nueva mirada sobre la Tierra. No puede seguir siendo un baúl sin fondo de recursos a ser explotados para beneficio exclusivamente humano. La Tierra es sujeto de derechos y merecedora de respeto y de veneración. La crisis no reside en la geofísica de la Tierra, sino en nuestra relación de agresión hacia ella.

Si la humanidad no se encuentra en torno a algunos valores mínimos como la sostenibilidad, el cuidado, la responsabilidad colectiva, la cooperación y la compasión, podríamos acercarnos a un abismo abierto delante de nosotros.


 

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