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  • Edición impresa de Febrero 7, 2012

China impone condiciones para la radicación de extranjeros

Nieves Merayo y Julen Asúa han llegado a China justo a tiempo. Estos dos experimentados arquitectos, de León y Bilbao respectivamente, se cuentan entre el último grupo de profesionales que el gigante asiático ha recibido con los brazos abiertos. Aterrizaron con la esperanza de hacer realidad el sueño chino, ese que atrae a miles de occidentales afectados por la crisis, y no tardaron en encontrarlo. A ella la contrató un estudio francés con sede en Shanghái al cabo de dos semanas y él consiguió trabajo en una empresa china un mes después de pisar la tierra prometida del siglo XXI.

No son los únicos que buscan “El Dorado” en las entrañas del “Gran Dragón”. Guangzhou, uno de los principales centros manufactureros del sureste del país, es un ejemplo extremo de lo que está sucediendo en el gigante asiático. En el paisaje parece que todo encaja: las surrealistas autopistas elevadas dibujan un galimatías en el cielo, sobre el amasijo de edificios de hormigón desnudo; no faltan comercios de todos los tamaños en los que si algo no se encuentra es porque no existe.

Sin embargo, en los aledaños de la calle Xiaobei el paisanaje no concuerda. Donde se esperan miradas rasgadas y piel clara abundan los rostros negros de ojos saltones. Es el “Little Africa” de China y, como pasa muchas veces en Occidente, también es foco de racismo y confrontación.

Fue aquí donde las autoridades chinas comenzaron a experimentar con la nueva normativa de inmigración, cuyas medidas se extenderán este año al resto del país. El objetivo es atajar la avalancha de extranjeros que, desde que estalló la crisis en 2008, no ha parado de tomar fuerza: más de 55,000 en apenas tres años.

Pero China va más allá, y busca también desincentivar la contratación de extranjeros en empresas establecidas en el país. Para ello, a finales de 2011 introdujo la obligatoriedad de que todos los extranjeros aporten a la Seguridad Social, de cara al subsidio de desempleo y la pensión. No obstante, como reconoce el cónsul de España en Shanghái, Gonzalo Ortiz, “parece un impuesto extra, ya que luego los beneficios reales para los extranjeros son prácticamente nulos”.

Pero, en la coyuntura actual, el Partido Comunista necesita asegurar una baja tasa de paro para su población, cada vez más descontenta con la inflación y el panorama económico, y eso hace que sólo dé la bienvenida a extranjeros altamente cualificados que hagan “contribuciones destacadas al desarrollo económico o social del país”.

No obstante, comparado con los países desarrollados, China aún tiene un pequeño porcentaje de inmigrantes. En Shanghái, por ejemplo, los residentes extranjeros suponen sólo el 1% de los 24 millones de habitantes de la megalópolis, muy poco si se compara con el 10% de ciudades como Nueva York. Claro que, con 100 millones de habitantes por debajo del umbral de la pobreza, el “Gran Dragón” todavía no tiene las patas tan robustas como para hacerse cargo de las víctimas de la “Gran Depresión” del siglo XXI.

 


 

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