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  • Edición impresa de Febrero 4, 2014

Intercambio de tiempo y cadenas de favores

Julia, una octogenaria, vive sola y necesitaba reparar un grifo que perdía agua. Su arreglo le salió gratis, ya que lo pagó con las horas que había conseguido enseñando a hacer punto a una estudiante. A pesar de su edad, está bien de salud y es una usuaria frecuente de uno de los más de 300 bancos del tiempo que hay en España. Ella hace compañía a otros mayores, enseña a cocinar a los jóvenes y, a cambio, le prestan ayuda con asuntos fiscales, practica gimnasia y arreglan los pequeños desperfectos que van surgiendo en su casa.

Según la Asociación para el Desarrollo de los Bancos del Tiempo (ADBdT) en la actualidad hay 40,000 personas, sólo en España, que forman parte de estas plataformas que promueven una economía alternativa en la que el tiempo es la moneda de intercambio.

El intercambio es muy variado: cursos de cocina, asesoramiento legal, clases de idiomas, asistencia y acompañamiento a personas mayores, cuidado de animales, ayuda en mudanzas, arreglos de fontanería y bricolaje…

De acuerdo con el presidente de la ADBdT, Sergio Alonso, “lo ideal sería que no existiera ningún tipo de moneda, ni siquiera el tiempo. De lo que se trata es de trasladar la red de solidaridad que existe entre amigos y familiares hasta el barrio o la comunidad más cercana a cada uno de nosotros”.

Los bancos del tiempo, nacidos en Estados Unidos en los años ’80, fueron impulsados por una película estadounidense, Pay it forward, traducida como Cadena de favores, a partir del año 2000. Esta singular forma de solidaridad a través del intercambio de favores no es más que un sistema por el que los usuarios ofrecen y demandan productos o servicios sin que intervenga la moneda oficial del país y consiguiendo fomentar la cooperación entre personas desconocidas y con necesidades distintas pero con la misma unidad económica: el tiempo.

Quien más y quien menos sabe hacer algo que siempre puede necesitar el otro o se le da bien algo concreto que puede ofrecer a los demás. En ambos casos, esa persona se sentirá útil, activa, optimista y generará un beneficio que siempre redundará en el grupo más allá de la persona a la que se ayude.

Las personas que participan en estas iniciativas comprueban a diario el alto grado de integración social que supone para aquellos sectores de la sociedad marginados o relegados, como los mayores, los discapacitados o los inmigrantes. Además, entre sus beneficios se encuentra también el hecho de que es un medio de ahorro al no utilizar dinero, promueve la imaginación, estimula la creatividad y genera una red de interrelaciones.

Estamos, por tanto, tardando en poner en práctica estas cadenas de favores que se han denominado “economía del amor”, ya que la clave, como asegura Julio Gisbert, un empleado de banca, “es que los servicios que se ofrecen en los bancos del tiempo no deben confundirse con el voluntariado, sino que es un intercambio basado en un círculo de posibilidades y de poder entre iguales”.

 

 


 

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