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  • Edición impresa de Febrero 2, 2016.

literaria0216b

¡Oh romanza que gustas cantar, la frente

adormecida y las alas plegadas, entre las hojas

verdes agitadas a lo lejos sobre algún lago

umbrío, tú has sido para mí un papagayo de

vivos colores, un pájaro muy familiar; tú

me has enseñado a leer mi alfabeto, a balbucear

todas mis primeras palabras, mientras

que, niño de mirada sagaz, me hundía en huraños bosques.

 

En estos últimos tiempos, el eterno Cóndor

de los tiempos ha estremecido de tal modo mi

cielo hasta en sus alturas, agrandando el tumulto

producido por el pasaje y la huida de

los años, y tengo tan obstinadamente los ojos

fijos en el inquietante horizonte, que no me

queda tiempo para mis dulces ocios.

 

 

 

 


 

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