El despertar de China

Por José Carlos García Fajardo • Profesor de Pensamiento Político y Social (UCM)

Después de casi dos siglos de humillaciones por parte de las potencias occidentales, China emerge como una gran potencia llamada a copresidir los destinos del planeta antes de una década. Georgina Higueras recoge este proceso en su formidable libro “China, la venganza del dragón”.

China es el único país que ha tenido un crecimiento económico medio anual del 8% durante un cuarto de siglo. Este milagro económico se incrementa por su influencia con los países de su entorno.

En 1979, China puso en marcha su segunda revolución marcada por el pragmatismo económico y el tránsito hacia el capitalismo y por el mantenimiento de la estructura centralista del partido comunista. Es la sexta potencia económica, detrás de Francia, y en 2015, habrá sobrepasado a Japón. En una década, será la segunda potencia económica, detrás de EEUU.

Tiene un 11% de las reservas mundiales de divisas, con 260.000 millones de dólares. Puede comprar lo que quiera e influir en las economías de otros países. En 20 años ha quintuplicado el valor de su comercio exterior, cuyas exportaciones suponen el 4,4% del total mundial y en 2002 la inversión extranjera rondó los 50.000 millones de euros.

Deng Xiaoping, fallecido en 1997, puso fin a la ideología marxista, que gobernaba el país desde 1949.

La transformación de la economía convierte el modelo social de una sociedad con 5.000 años de historia y 1.300 millones de habitantes, que siguen controlados por el Partido Comunista Chino. En el Congreso celebrado en 2002, se realizó la primera transición pacífica de la historia de los comunistas chinos. No hubo ni purgas, ni defunciones. Jiang Zemin y los restantes miembros del Comité Permanente del Buró Político, cedieron sus puestos a la “cuarta generación” de dirigentes.

China es considerada como uno de los grandes motores de la economía mundial y como la locomotora que puede impedir, con su fuerza de arrastre, que el mundo entre en recesión.

“El milagro del crecimiento económico” escribe Higueras, “se ha hecho a costa de millones de trabajadores que se encuentran ahora sin la protección que les brindaba el Estado: seguridad en el empleo, pensiones, vivienda, servicio médico, colegios y otros beneficios sociales. Ante esta situación, el Partido no tendrá más remedio que modificar una parte de sus gigantescas inversiones en infraestructuras e impulso al desarrollo para destinarla a la creación de un sistema de seguridad social que proteja a la mayor cantidad de gente posible”.

Es preciso superar la nostalgia de los tiempos maoístas y del llamado tazón de hierro, que garantizaba a todos la ración diaria, para intentar adaptarse a las nuevas realidades y mantener el equilibrio social, tan tradicional en la cosmovisión y en la historia del Imperio del Centro, para profundizar en las reformas, no sólo económicas, sino también sociales y políticas.

El espíritu de los estudiantes, masacrados por los tanques en la plaza de Tianamen, en 1989, parece brotar con el impulso de las diez mil flores.