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Un buey ve a los hombres Tan delicados (más que un arbusto) y corren y corren de un lado para otro, siempre olvidados de algo. Verdaderamente, les falta no sé qué atributo esencial, ya se muestran nobles y graves, a veces. Ah, espantosamente graves, hasta siniestros. Pobres, se diría que no escuchan ni el canto del aire ni los secretos del heno, como tampoco parecen percibir lo que es visible y común a todos nosotros, en el espacio. Y se ponen tristes y por el rastro de la tristeza llegan a la crueldad. Toda su expresión reside en sus ojos y se pierde con un simple bajar de pestañas, a la sombra. No tienen nada en los pelos, en los extremos de inconcebible fragilidad, y qué poca montaña hay en ellos, y qué sequedad y qué entrantes y qué imposibilidad de organizarse en formas calmas, permanentes y necesarias. Tienen, quizás, cierta gracia melancólica (un minuto) y con esto se hacen perdonar la agitación incómoda y el translúcido vacío interior que los vuelve pobres y necesitados de emitir sones absurdos y agónicos: deseo, amor, celos (¿qué sabemos nosotros?), sones que se despedazan y caen en el campo como piedras afligidas y queman la hierba y el agua, y difícil, después de esto, nos resulta rumiar nuestra verdad. | ||||||
Carlos Drummond de Andrade Brasil |
Traducido por Ángel Crespo | |||||