Las lenguas del mundo, una especie en peligro

Por Julián Povedano

Para sobrevivir en el tiempo, las lenguas necesitan por lo menos 100.000 hablantes. En la actualidad se estima que existen unas 6.800 lenguas en el planeta, según afirma UNESCO, la mitad de las cuales son habladas por comunidades menores de 2.500 personas.

Aunque varían en matices, las proyecciones dan a entender que la extinción de lenguas, para finales del presente siglo, podría alcanzar niveles de catástrofe. Si bien es cierto que, desde el principio de los tiempos, las lenguas nacen y mueren, y son miles las que caen en el olvido, su extinción nunca había experimentado la velocidad que alcanza en la actualidad. Una velocidad que provocará que, según el Worldwatch Institute, entre el 50 y el 90% de las lenguas del mundo se pierdan para a finales de este siglo. Para algunos, esta extinción es semejante a la extinción de especies, la extinción de formas de vivir, la extinción de culturas.

La guerra y los genocidios, los desastres naturales, la extinción de idiomas poco utilizados por la adopción de lenguas dominantes, como el chino y el ruso, y las prohibiciones que sobre ellas aplican ciertos gobiernos, han contribuido al desuso de numerosas lenguas. Otros, como el profesor Ladefoged, entienden que la razón para esta acelerada extinción, además de el sistema económico, las políticas gubernamentales y los sistemas de enseñanza, la encontramos, sobre todo, en los medios de comunicación masiva, que las abandonan en favor de los idiomas más difundidos a escala planetaria.

En la actualidad, tan sólo 100 siberianos hablan el udihe; el número de hablantes de arikapu ha descendido a menos de seis personas; en el año 2001, la señora Marie Smith, quien ya contaba con 83 años de edad, era la única hablante de eyak, un lenguaje nativo de Alaska y, en 1992, la muerte de un granjero turco señaló el fin del ubykh, un idioma de la región del Cáucaso que tenía el récord de consonantes: 81. Una desgracia, como el terremoto que afectó el oeste de la India a finales del siglo XX, puede provocar estragos en el porcentaje de hablantes de una lengua. En el sismo, murieron unos 30.000 hablantes de kutchi, de los 800.000 que lo conocían.

En buena medida, la desaparición de lenguas se da dentro del movimiento hacia la uniformidad cultural que ha traído consigo la globalización. El valor como agentes de la diversidad y la diferenciación que poseen todas las lenguas es de gran importancia. Por ello, para que no se pierda, existe una contrapartida o reacción al proceso uniformador: en la actualidad, algunas lenguas están volviendo, o si se quiere, resucitando.

En 1983, los hawaianos re-introdujeron en sus escuelas el nativo aha punana leo que casi se había extinguido ­sus hablantes no llegan al millar­ después de que Estados Unidos, tras anexionar el país en 1898, prohibiera su enseñanza y en la actualidad entre 7 y 10 mil hawaianos hablan su lengua nativa. Por su parte en Cronwall, Inglaterra, se trata de reavivar el cornish, lengua que se cree murió hacia 1777. Lo mismo está sucediendo con antiguas lenguas mayas en México, en tanto que el hebreo evolucionó, en el siglo XX, de lengua escrita a idioma nacional, hablado por unos cinco millones de personas. Otras iniciativas pretenden revivir el galés, el navajo, el maorí y diversas lenguas nativas de Botswana.

Esta restauración de idiomas casi desaparecidos no hace más que afirmar la característica principal de la lengua, la de distinguir a unos hablantes de otros, la voluntad de diferenciarse que tienen las comunidades. Si bien el mito bíblico achaca la diversidad de las lenguas a un castigo, lo cierto es que, cuantas más lenguas contenga el mundo, más rico será, más fuerte y más complejo.