Por tierra, mar y aire

José Carlos García Fajardo • Profesor de Pensamiento Político y Social (UCM) • Director del CCS

Se cubrieron de horror todos los cielos. Los gritos arrebataron a los niños y el pánico enmudeció a los obreros. Jóvenes humildes, en su mayoría, se dirigían temprano a sus puestos de trabajo. Las listas de hospitalizados y de asesinados revelarían después que más de un veinte por ciento eran inmigrantes extranjeros.

Mujeres embarazadas perdían la vida con el fruto de sus vientres, un feto apareció en el piso de un vagón, padres buscando a hijos, hermanos a hermanos y amigos a novias y novios a amigas.

Las imágenes eran desoladoras, gentes vagando a la deriva, sin norte y sin gravedad; anhelando que el viento secano se las llevase, porque no comprendían nada, no podían entender ese acto gratuito tan absurdo y criminal, tan sin sentido.

Sangre, todo se volvió rojo y negro por el humo de la dinamita y de los incendios. Lástima de excelsos colores de una humanidad sin fronteras. Pero todo es muerte, dolor, aullidos desesperados y dedos retorcidos castigando a unas manos inservibles para dar forma al caos.

El atentado todavía pudo haber sido más espantoso. El retraso de dos minutos en uno de los trenes impidió que explotaran sus cargas al mismo tiempo en la Estación de Atocha. La estructura metálica del inmenso edificio se hubiera derrumbado sobre los empleados y los pasajeros de todos los demás trenes. Miles de víctimas en un solo ataque que demostraba la inutilidad de los paraguas antimisiles, tan urgidos por los fabricantes de armas.

No hacen falta submarinos atómicos, ni aviones invisibles, ni fragatas ni lanzaderas de misiles: existen más de doscientas bombas atómicas ‘perdidas’ que pesan 30 kilos y caben en una maleta de viajero.

La mente que diseñó el ataque a las Torres Gemelas lo planificó meticulosamente y se sirvió de los materiales y de las técnicas del adversario para golpear los centros simbólicos del poder económico, del Ejército y de los poderes ejecutivo y legislativo.

Primero, el aire, ahora, en Madrid, la tierra por medio de cuatro trenes que convergían en la única estación que está en el corazón de Madrid. Se acerca por el mar el ataque con los Vientos de Muerte Negra que anuncian en su carta.

La población se ha desbordado en gestos de solidaridad, de entrega y de generosidad sin límites escribiendo una de las páginas más hermosas de la humanidad moderna: donantes de sangre a millares, mantas de casa, ropas, taxis que hacían los recorridos gratis, hoteles que ofrecieron plantas enteras para los familiares de las víctimas, voluntarios sociales que se turnaron durante la noche para consolar a los más de tres mil familiares que lloraban desolados en la morgue instalada en un pabellón enorme.

La consigna que se les dio antes de salir fue: “dejaos querer, escuchad, consolad, abrazad, llorad con ellos; resolvedles los pequeños problemas que para ellos se les harán montañas, comida, bebida, aseos, tranquilizad a los sin papeles”.

De hecho, el Gobierno anunció hoy que todos las víctimas del atentado y sus familias recibirán la nacionalidad española por carta de naturaleza. Se ha destinado una partida de 140 millones de euros para ayudar a las víctimas. A nadie que participe en tareas de identificación, de ayuda o de compañía se le molestará en razón de su situación legal.

Noble gesto de un Gobierno que el domingo termina su mandato de ocho años ejercido de manera absoluta. Que nos metió en una guerra de invasión, injusta, ilegal e inhumana para servir a los intereses económicos y geopolíticos de una potencia extranjera. Que nos ha desgajado del grupo de gestión y dinamismo de los constructores de la nueva Europa. Que ha enconado los nacionalismos periféricos en nombre de un hiper nacionalismo centrista, cuando estamos construyendo una Europa sin fronteras, con moneda única y con legislación compartida, llamada a servir de equilibrio entre la potencia transatlántica y la emergente e inmensa que viene del Oriente.

El Gobierno atribuyó desde el principio y sin opciones el crimen a ETA. El pueblo lo creyó y obedecimos, junto con todos los partidos, interrumpiendo la campaña electoral y tragando nuestras lágrimas.

En la tarde, por Internet ya íbamos conociendo que podría ser otro el grupo asesino. O al menos, en colaboración con la infraestructura de ETA. Esto cambiaría el problema. Si el agresor ha sido Al Qaeda, y en la carta enviada a un periódico londinense pedían a Aznar “Sacadnos las manos de encima, liberad nuestros presos y salid de nuestra tierra, os dejaremos en paz” entonces, la reacción de los ciudadanos podría ser terrible.

Dado que el 85 por ciento de españoles nos echamos a la calle para protestar contra el envío de tropas españolas a Iraq en una guerra no autorizada por el Parlamento ni ratificada por el Jefe del Estado, es fácil imaginarse el profundo cambio en la mente de los llamados a las urnas el próximo domingo.

El horror se vira al morado, el viento se aprieta gris mientras desde el dolor y las lágrimas nos aprestamos a reconstruir una España nueva en una sociedad más justa, solidaria y plural en la que nadie puede matar la esperanza.