EN LA PLAYA

"El agua golpeaba contra las rocas y la espuma se levantaba en el aire, lamiendo las piedras. El paisaje era perfecto, porque la iglesia estaba iluminada y la luna llena. Habían llegado dos días antes al balneario, ocupando una pieza en el hotel de tres estrellas cuya ventana se abría sobre la playa y no podían quejarse de la comida. Se levantaban temprano, desayunaban y cruzaban hacia la arena.

Era un polvo marrón, más bien grueso, pegajoso, y resultaba muy difícil encontrar un sitio vacío donde instalarse. Los toldos se agrupaban unos junto a otros y toda intimidad estaba excluida. Por lo menos, en el reino de las buenas costumbres, que ellos no intentaban desafiar. Casi nunca habían querido desafiar a nadie ni a nada. Instintivamente, creían que acatando las normas más generales se preservaban de los peligros que acechaban a los disidentes, a los marginales, a los evadidos, a los opositores. También pensaban que esa suave actitud de acatamiento tenía su compensación: estos veinte días de vacaciones en un balneario de moda eran la recompensa a la obediencia, al cumplimiento de la ley.

De lejos, parecían hermanos. Rubios, de ojos claros, piel delicada, ropa discreta, hablar bajo, caminaban por la playa tomados de la mano y eran de la clase de gente a quienes jamás la brisa del atardecer los sorprende sin un abrigo en el bolso, por cualquier cosa. Ese sentido de previsión les valió ese día poder permanecer a la orilla del mar hasta la puesta del sol, cuando casi todo el mundo abandonó el lugar en virtud del fuerte relente nocturno. También se sintieron dichosos de que su buen sentido los premiara con esa maravillosa puesta de sol..."

Cristina Peri Rossi