Diamantes de la guerra

Por Cristina Fernández Pereda

Los diamantes se han convertido en un símbolo del amor. Según Amnistía Internacional, a muy pocos consumidores se les puede garantizar que esta piedra preciosa lo cumpla.

Según el informe publicado por la organización, sólo el 37% de las empresas consultadas puede garantizar que sus diamantes han sido obtenidos respetando los derechos humanos. Esto ocurre dos años después de que el sector del diamante se comprometiera a crear una regulación que impida el comercio de gemas en zonas de conflicto.

Angola, Liberia, Sierra Leona o la República Democrática del Congo son ejemplos de países exportadores de diamantes. También están entre los países más pobres del mundo. La riqueza de su suelo se ha convertido en una de las causas de la miseria de su población. Los millones de dólares que produce el comercio ilícito de diamantes caen en manos de las guerrillas. Cambian diamantes por armas y eluden así los embargos impuestos por la comunidad internacional.

Esta fuente de financiación ha ayudado a prolongar muchos conflictos en estos países. La producción de diamantes no ha salvado al 90% de la población angoleña de la pobreza. Allí, un diamante se vende por 20 dólares a una agencia local. Después, la piedra va cambiando de dueño y su valor crece hasta llegar a manos europeas o americanas. En la última fase del proceso, el diamante puede costar 2.000 dólares. Al final, las cifras crecen: en un año Liberia llegó a exportar diamantes por valor de 300 millones de dólares.

El comercio de diamantes exige un círculo de países que compran, venden o intercambian armas a cambio de gemas preciosas. Un informe de la ONU sobre las causas de la guerra en Angola apuntó a comerciantes de diamantes que actuaban en Johannesburgo, Dubái o Amberes. También se señaló a Bulgaria y Ucrania como exportadores de armas a países en conflicto. La venta final se centra en Europa. En Amberes, Bélgica, se comercializan dos tercios de la producción mundial de diamantes.

La venta de diamantes ilegales se ve favorecida por mecanismos de control y legislaciones insuficientes. No hacen saltar las alarmas de los detectores en los aeropuertos y se convierten fácilmente en dinero en efectivo. Son muchas las organizaciones internacionales que han exigido medidas que garanticen la legalidad de los diamantes que llegan a Europa. Que garanticen que han sido obtenidos respetando los derechos humanos.

Las peticiones de las diferentes organizaciones, como la que hace estos días Amnistía Internacional, chocan con otros intereses. La aplicación de leyes más estrictas pondría en peligro un negocio que mueve al año 50,000 millones de dólares. Aunque se sepa que el 10% de esa cifra financia conflictos armados, nadie quiere perder dinero porque se identifiquen los diamantes con la guerra.

Los consumidores de diamantes, por su parte, deben pedir garantías de la legalidad de gemas en el momento de la compra. Estas exigencias pueden ayudar a que se aplique de verdad la legislación internacional al respecto. De ser así, los diamantes serían controlados desde el momento de su extracción hasta que llegan a su destinatario final.

Si se consigue la aplicación de unas normas que garanticen que los diamantes han seguido un camino legal hasta su venta en los comercios, disminuirá el flujo de dinero que mueven al año por todo el mundo. Se podrá terminar así con una fuente de financiación de muchos conflictos. Se habrán terminado los diamantes de la guerra.