Vivir por encima de nuestras posibilidades

Por: Jorge Planelló / ccs

Mientras 2,000 millones de personas viven con menos de dos dólares al día, 1,700 millones ya forman parte del mundo consumista. La tendencia es eliminar cualquier traba al consumismo, incluso las relacionadas con el poder adquisitivo. El desarrollo del mercado de consumo en los países occidentales estuvo ligado a la aparición de una amplia clase media con un salario suficiente y la posibilidad de financiar sus compras. En cambio, las deudas de los ciudadanos son un gran negocio para los bancos. En Estados Unidos, las tarjetas de crédito se han extendido de tal forma que las familias gastan un 13% más en pagar lo que deben. 

Los consumidores dedican un porcentaje alto de sus ganancias a consumir porque piensan que pueden hacerlo. A diferencia de los inicios del capitalismo, cuando lo apropiado era entregarse al trabajo y evitar la ociosidad, vivir hoy día sin un estilo de vida, el del consumo, se presenta como una hazaña admirable cuando no un síntoma de locura. Los políticos en el gobierno estimulan el consumo con discursos positivos sobre el estado de la nación para que el ocio constituya una parte central en la vida de las personas.

A pesar del paro, de los empleos precarios y la inflación, las noticias sobre la bonanza de la economía mantienen a la población dispuesta a consumir, y de paso protegen los intereses bancarios. Buena parte de la renta de la familia media estadounidense se destina tanto a hipotecas y préstamos para coches, como a saldar deudas de 8,000 dólares de media por sus pagos con la tarjeta de crédito.

La sociedad estadounidense se ha convertido en el modelo orientado al consumo en vez de a la producción. Más del 20 por ciento de lo consumido en Estados Unidos procede de países extranjeros como Japón, China, Taiwán o Corea del Sur. Los préstamos concedidos por estas naciones le evitan el afrontar en solitario la deuda de sus ciudadanos.

La cultura del crédito no sólo perjudica las economías de las naciones. La obesidad, las deudas contraídas y el perjuicio al medio ambiente son consecuencias del consumismo dañinas para las personas.

Esta actitud es poco sensible con los problemas que enfrenta el ser humano. Las sociedades consumistas ven cómo las ventas de vehículos que gastan más combustible crecen. Los todo terreno forman parte del paisaje de las grandes ciudades en la era del fin del petróleo barato.

Vicente Verdú, en su libro Yo y tú, objetos de lujo, se refiere al capitalismo de ficción, en el que los beneficios proceden del mercado del ocio y no tanto de la actividad productiva. En estas sociedades capitalistas el consumo ya no se asocia sólo al salario. De hecho las grandes marcas de zapatillas fueron puestas de moda por jóvenes de los barrios más empobrecidos.

Por ello, el consumismo no es sólo un problema de los países más prósperos. El desarrollo económico de algunas naciones queda comprometido si se dejan a un lado las verdaderas necesidades. Aparte del ocio, la educación, la sanidad y una alimentación adecuada, sin las que no es posible ser feliz.

Vivimos por encima de nuestras posibilidades, lo que quiere decir que consumimos más de lo que necesitamos o nos podemos permitir. Las diferencias entre vivir y consumir desaparecen hasta el punto de hacer pensar que una vida sin consumo no tiene sentido.  

El consumo sostenible es más que una utopía. Un modo de vida necesario ante el desarrollo de India y China, con una población de más de 2,000 millones.