El consumo, motor de la producción

Alberto Sierra / ccs

Cuando acabe esta década, cerca del 70 % de los trabajadores estadounidenses utilizará dispositivos móviles. Un estudio de la consultora IDC prevé que los empleados con dispositivos móviles que les permitan realizar tareas fuera de sus puestos de trabajo habitual pasarán de 650 millones en 2004 a más de 850 millones en 2009, una cuarta parte de la fuerza laboral mundial.

Vicente Verdú, en su último libro “Yo y tú, objetos de lujo”, habla del “personismo” como la gran revolución cultural del siglo XXI. Todos somos parte de una gigantesca red en la que es necesario estar interconectado con los demás para sobrevivir. “La orgía de la conexión genera un nuevo sujeto consumidor y productor. Se funden los tiempos de ocio y trabajo, se alteran los plazos de decisión y los puntos horarios”.

Desde hace algo más de una década, de la mano de Internet y del teléfono móvil, estamos viviendo una revolución social sólo comparable con la aparición de la imprenta en el siglo XV. “Internet móvil”, que es la convergencia de Internet y la telefonía móvil, permite acceder sin cables y desde cualquier lugar del mundo a un amplio repertorio de servicios informativos, de ocio, de comunicación y de comercio móvil.

La unión de estos dos inventos, y su progresivo desarrollo, está produciendo cambios sin precedentes en la estructura empresarial y en el ámbito laboral. Caminamos hacia lo que se conoce como la empresa extendida; mientras los vínculos físicos entre empresario, empleado y cliente desaparecen, las relaciones entre estos tres actores se hacen cada vez más frecuentes y fuertes.

La introducción de la nueva tecnología móvil permite al empresario aumentar la productividad, disminuir los costes, mejorar la satisfacción y reducir el tiempo de respuesta del cliente, así como agilizar y acelerar la toma de decisiones.

Un 10% de las empresas europeas cuenta con planes de movilidad destinados a facilitar el uso de las nuevas tecnologías para que los empleados puedan trabajar fuera de sus lugares de trabajo. La progresiva introducción de terminales inalámbricos cada vez más eficaces y la implantación de una red de acceso de alta velocidad permitirá su desarrollo. Los principales frenos empresariales han sido, hasta ahora, los problemas de seguridad de los datos, los altos costes y la desconfianza en la fiabilidad de su funcionamiento.

La capacidad productiva del hombre aumenta al paso que marca el desarrollo tecnológico. La información que llega a manos del empleado es mayor, pero su trabajo no mejora sino que aumenta. En lugar de utilizar las nuevas tecnologías para agilizar el trabajo, el empresario las emplea para aumentar la capacidad productiva de la empresa cueste lo que cueste. Es la cultura de cuánto más mejor. El trabajador se convierte en un objeto de la cadena de producción, hasta el punto que se le denomina “recurso humano”.

“Internet móvil”, además de permitir una gran movilidad al trabajador, le otorga la capacidad de estar localizable en todo momento. Esto supone una cierta dependencia, una especie de cadena invisible que le mantiene unido a la empresa. Mientras trabaja, se siente un objeto de producción. Pero el teléfono móvil conectado a Internet también le permite evadirse y sentir placer al consumir. Mientras compra se siente sujeto capaz de elegir.