Somos árbol que camina

Por José Carlos García Fajardo/CCS

La generosidad, más que en dar, consiste en compartir, y en hacer juntos parte del camino. Es llevar en el alma a los demás, y saberse responsable del mundo. La solidaridad perfecciona la reparación de la justicia al introducir la delicadeza en el modo de actuar. Es consecuencia natural de saberse parte del tejido social dañado.

Entre yo y tú hay una relación esencial que fundamenta nuestra condición de personas, seres que viven para los demás. El animal es un ser que vive en la estructura de todo lo que existe, pero no es consciente de que pueda vivir “para”, sino “en”.

¿Cómo sabría el uno que es uno sino fuera por el dos? ¿Cómo sabría quién soy sino fuera por ti? No es una cuestión de utilidad o de preferencia, sino de entidad real. En la naturaleza no existe el robinsonismo porque Robinsón vive por sus padres y abuelos, y en relación con la naturaleza que lo sustenta. Por eso, yo no puedo considerar al otro como objeto de mi amor, sino como sujeto que interpela y me da mi más auténtica dimensión, al expandir la suya.

El espejo sólo me devuelve una imagen captada en un momento, y siempre distorsionada por la interpretación del que se mira. No existen auténticos autorretratos, sino interpretaciones subjetivas, porque cada cual vive en su propio espacio corporal, el de nuestra vulnerabilidad y de nuestra soledad. Es también el espacio del placer, del bienestar y de la sensación de ser querido, como subraya John Berger. La cantidad de los autorretratos que se hizo Rembrant no tiene parangón, y nunca estuvo satisfecho porque sabía que ninguno era él.

Para ser objetivo tendría que haber nacido objeto, y soy sujeto. Por eso, busco el equilibrio y la armonía en mi descubrimiento en el otro, y el otro en mí. Somos proyecciones en movimiento de una energía que nos descubre, nos acerca y nos transforma hasta reconocer que los límites son meras apariencias.

El símbolo de “solidarios” es el árbol de robusto tronco, amplio ramaje y hojas que parecen estirarse y mecerse para acoger y dar sombra a todo el que pasa, por las raíces tan profundas, humildes y jugosas que lo sustentan. Sería fácil concluir que los voluntarios sociales representan esas raíces, o el tronco, o las ramas, o las hojas. Más bien son el ambiente que acoge, aspira, transforma y devuelve vida y alegría en forma de oxígeno, ozono y esperanza. Los voluntarios sociales de la primera época eran conscientes de que estaban construyendo un mundo mejor porque transformaban su corazón, y se enriquecían dándose. Acoger a quien sea, donde sea y como sea, sin esperar nada a cambio, por el placer de compartir. Porque los necesitamos para poder juntos ser felices. Y porque este modelo de sociedad no nos gusta.

Hoy, el voluntariado está en proceso de cambio. No es fácil reconocerse, como tampoco es fácil para el joven que grita “¡¿qué ha pasado?!” en un cuerpo envejecido. Ojalá esos voluntarios sean capaces de descubrirse esenciales en el tejido social como parte vivificante del árbol, del bosque y de la vida.

Ese chute en vena, en el que nos convertimos, es la llamada de la ausencia para restaurar la justicia en una sociedad atormentada por el grito de los pobres.