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  • Edición impresa de Marzo 3, 2009.

La sociedad de consumo no es una fatalidad

Ex Ministro y ex embajador de Marruecos en España

La crisis que vivimos empezó siendo una crisis financiera, que luego se transformó en una crisis económica con consecuencias sociales que cada uno de nosotros siente en sus entrañas, o al menos en su entorno.

La apatía del principio no tardó en transformarse en alarma, luego en amenaza y finalmente en una verdadera confusión.

Después de dudar, de vacilar y de recapacitar, los gobiernos convencidos del liberalismo y de la perspicacia de la ley del mercado terminaron por intervenir en el propio mercado con medidas gubernamentales y medios públicos.

La intervención fue y seguirá siendo un acierto, pero no alcanza para salir de la presente crisis. La inyección de 787,000 millones de dólares no será suficiente para reactivar el mercado estadounidense e insuflar confianza en la economía mundial. Todas las medidas de esta índole seguirán siendo un alivio momentáneo que no curará al enfermo. Por eso, otras medidas de orden político y legislativo deberán aplicarse para recobrar la confianza del ciudadano, el verdadero inversor.

Lo único cierto es que la crisis permitió que los políticos recobren protagonismo. Pero, eso sí, a través de los recursos de los contribuyentes y no siempre con acierto. Algunos preconizaron la refundación del capitalismo; otros tuvieron la tentación de recurrir al proteccionismo y negar las ventajas tan elogiadas de la globalización y de la abolición de las barreras aduaneras. Ni los unos ni los otros responden realmente a la preocupaciones de los pueblos que reclaman estabilidad, bienestar y transparencia.

En realidad, el ciudadano se ha visto envuelto en una sociedad de consumo, que ni ha reivindicado ni ha deseado y que no ha tenido más remedio que padecer.

Yendo al grano, creo humildemente que lo que está en tela de juicio no es el capitalismo ni el libre mercado, sino la existencia de una sociedad de consumo que se empeñó en forzar la ley de la oferta y la demanda para alentar un consumo innecesario y superfluo.

Ante la ofensiva comercial impulsada por el provecho excesivo de las empresas, apoyada por un crédito bancario secuaz y laxo, el ciudadano no tuvo más remedio que endeudarse y permitir así que el sistema siguiera creciendo hasta el punto de amenazar la estabilidad mundial.

¿Por cuánto tiempo seguirán los gobiernos apoyando a los productores de automóviles bajo el pretexto de mantener el empleo y con la esperanza de asegurarse el voto? ¿Y qué se deberá hacer con el sector informático, el inmobiliario, el turístico, el de la confección, el de la alimentación y el resto que, bajo el impulso de la competencia y del lucro excesivo, llevaron a lo que llamamos inocentemente ‘sociedad de consumo’?

No hay que olvidar que la sociedad de consumo hizo, tiempo atrás, que se destruyeran una cantidad de oficios y profesiones seculares y modificó y perjudicó el medioambiente, con la consecuente destrucción definitiva de unos recursos naturales limitados. Sólo una temible inconsciencia puede disimular el tremendo error en que nos enmarañamos.

Aunque se actúe como se está haciendo, se tendrá que redefinir la misión del sector bancario, reincorporándolo en su papel de depositario de los ahorros de los ciudadanos. El estado tendrá que recuperar su función como garante de la estabilidad política, económica y social.

El estado democrático reclama que se debatan estas cuestiones y que se permita a los ciudadanos decidir sobre su futuro. Cualquier otra tendencia, como la que “sabiamente” preconiza un gobierno financiero mundial, u otras tantas fórmulas expertas, solamente empeorará la dolencia y hará más difícil el futuro de nuestros hijos.

 


 

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