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  • Edición impresa de Marzo 5, 2013

El mundo se ha vuelto aldea

Muchas leyes no nos obligan porque son injustas, aunque legales. Cada día más personas toman conciencia de que es absurdo que unos tengan tanto y otros no alcancen lo necesario. Es una aberración que va contra los derechos fundamentales de los seres humanos. No podemos ser cómplices con nuestro silencio.

Son un escándalo los datos sobre el desarrollo de agencias de la ONU. ¿Cómo puede ser posible que el 18% de la humanidad acapare el 80% del consumo de la tierra? ¿Cómo puede ser posible que haya casi dos mil millones de seres en la miseria, sin acceso al agua potable, a la instrucción básica, a la sanidad más elemental, a una maternidad responsable, a un medio ambiente degradado por el despilfarro de una industria letal, por la codicia de unos pocos?

¿Acaso nuestros hijos no nos preguntarán cómo no sentimos horror ante las guerras actuales, la criminal siembra de campos de minas que destrozan a inocentes, la miseria impuesta a pueblos empobrecidos, la prepotencia de las multinacionales, la tiranía de las ideologías, la divinización del consumismo, la marginación de las gentes de color y de los que exigen su derecho a ser diferentes, del genocidio de los indígenas, de la explotación de los niños y de las mujeres, de los bombardeos de poblaciones civiles, de los embargos que siempre padece la población civil y nunca los militares ni los policías ni los miembros del Partido en el poder?

¿Acaso no somos responsables, por el pago de nuestros impuestos, de la fabricación y venta de armas a gobernantes que envían a sus pueblos a la muerte, al hambre y a la desesperación? Cada día mueren en situaciones inhumanas millares de seres, penan con enfermedades fácilmente controlables, hay un ejército de millones de desocupados reclamando su derecho a participar en la construcción de la comunidad.

Cumpliremos las leyes con “restricción de conciencia” para derribar desde dentro este orden inhumano. Se trata de un grito de libertad nacido de experienciar la soledad en la que el ser humano deambula perdido. Esta sociedad en la que sobrevivimos es injusta, el orden socio-político-económico ya ha mostrado su esclerosis múltiple. Hoy la información que compartimos en la sociedad en red nos permite propagar el grito de libertad que, como el amor, es contagioso. Basta con que unos cuantos se decidan en lo más profundo de su corazón a denunciar la injusticia que impera y a cooperar en la regeneración del tejido social con la transformación de sí mismos. Nos han engañado con el cuento de que si cumplimos tales y cuales normas, que ellos se han inventado para mantenerse en el poder, tendremos “seguridad”. Eso es lo que nos han vendido: seguridad. En la salud, en el trabajo, en la escuela, en la familia, en la ancianidad, en la vida “civilizada”. No es posible ser feliz mientras muchos padecen inhumanamente. El mundo se ha vuelto aldea y ahora nos sabemos responsables unos de otros y con el medio en el que vivimos. 

 

 

 


 

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