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  • Edición impresa de Marzo 18, 2014

Obama: Comandante en jefe con teléfono y pluma

 Parece que el hecho de que el Consejo Nacional de la Raza (NCLR) lo declarara “deportador en jefe” no le gustó ni gota al presidente Barack Obama. Sin embargo, debería entender que los verdaderos amigos son los que nos dicen nuestras verdades aunque duelan.

 De vez en cuando una sacudida no viene mal para no dormirse en los laureles.

 Y con el tema que nos ocupa —la reforma migratoria—, no hay muchos laureles sobre los cuales recostarse.

 Está clarísimo que quienes están obstaculizando la reforma migratoria a nivel legislativo son los republicanos de la Cámara de Representantes.

  Y sin esa solución legislativa permanente, millones de familias a lo largo del país viven con la constante incertidumbre de ser separadas. Eso no sólo afecta a los indocumentados, sino a ciudadanos y residentes permanentes que viven en familias de situación migratoria mixta, lo que incluye a casi cinco millones de niños ciudadanos con padre o madre indocumentados.

 Todos entienden que las leyes migratorias hay que aplicarlas, pero cuestionan por qué siguen deportando a inmigrantes sin historial criminal que podrían beneficiarse de la reforma migratoria que no llega.

 Muchos de los ciudadanos afectados por las deportaciones votaron por Obama en 2008 cuando prometió la reforma migratoria, y en 2012 cuando, a pesar de no haberla concretado, confiaron en su liderazgo para conseguirla en su segundo mandato.

  El pasado 14 de febrero, al hablar durante el retiro de los demócratas en Maryland, Obama dijo que seguir evadiendo y postergando la reforma migratoria por otros dos o tres años “lastima a la gente”. “Lastima nuestra economía, lastima a las familias. Tenemos que recordarnos a nosotros mismos que tras las estadísticas hay personas”, afirmó Obama.

Y ese es el gran detalle, Señor Presidente: que hay  personas, familias y comunidades tras las estadísticas de deportación que ya rondan los dos millones. Por eso crece la presión sobre su administración, porque sin una luz al final del túnel a nivel legislativo, la vista se vuelve a la otra alternativa disponible.  Obama dice que está atado de manos, pero sí hay mecanismos factibles.

 Eso no implica que vaya a cesar la presión sobre los republicanos que erróneamente puedan pensar que el giro a la Casa Blanca supone que ellos sólo tendrán que sentarse y disfrutar de la función. Más temprano que tarde seguirán enfrentando las consecuencias políticas de su intransigencia y su miopía demográfica.

Es más, si Obama decidiera amparar a ciertos indocumentados de la deportación, tal como hizo en 2012 al conceder la Acción Diferida a los DREAMers, los republicanos obstructores de la reforma lo acusarán de encabezar una “presidencia imperial” y de pasarlos por alto.

 Pero a estas alturas Obama debería estar más preocupado por quedar bien con los votantes y los potenciales futuros votantes que apoyan la reforma, y no por lo que pueda decir un Partido Republicano negado a legislar y empeñado en bloquear la agenda presidencial y negarle cualquier crédito legislativo.

  Le dijeron “deportador en jefe” y Obama asegura que es el “defensor en jefe” de la reforma migratoria.

 Lo que queda claro es que Obama es el Comandante en Jefe que aseguró que usaría su teléfo no y su pluma para hacer avanzar los asuntos que el Congreso bloquee.

 Un alivio de las deportaciones por la vía administrativa podría ser un buen comienzo.

 


 

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