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  • Edición impresa de Marzo 17, 2015

México del Norte • Una América para todos

“La idea de que un niño que fue traído aquí cuando tenía dos o tres años y puede ser deportado a los 20 ó 25 aunque haya crecido como ‘americano’ no refleja lo que realmente somos; ése no es el espíritu de lo que representó la marcha a Selma”. Son palabras bonitas cuyo autor, Barack Obama, pronunció al conmemorarse los 50 años de la histórica marcha de 25 mil afroamericanos dirigidos por Martin Luther King a la ciudad de Selma, en Alabama.

“Deportar inmigrantes ilegales que vinieron de niños viola el espíritu del movimiento de los derechos civiles”, afirmó el mandatario, y siguió: “Cuando pensamos acerca del principio que motivó aquel día (el de la marcha de Montgomery a Selma hace 50 años), y los que siguieron en el puente Edmund Pettus, era el de la promesa de una América inclusiva, la promesa de una América donde todos somos iguales ante la ley. Ese es el legado del que podemos enorgullecernos, pero tenemos que entender que se trataba no solamente de una raza, sino de todos nosotros como americanos”. El uso de “americanos” es en el sentido gringo, que sigue ignorando que América es un continente, no un país...

Se oye bonito, sin duda.

Pero la realidad es otra. El mismo día en que Obama se llenaba la boca con sabor a inclusión y derechos humanos se publicaron las estadísticas federales del destino de 7 mil de los niños centroamericanos que saltaron a la fama el verano pasado por haberse brincado la barda para llegar al país de la inclusión. Fueron deportados sin haber tenido el chance de pelear por sus casos en las Cortes.

“Lo que comenzó como una crisis de la frontera, ahora es una crisis de procesos judiciales”, dice Wendy Young, presidenta de “Niños con Necesidad de Defenderse” (Kids in Need of Defense), una de las pocas organizaciones que pudieron entrar a los campos de refugiados el año pasado. Al parecer, a muchos de los niños se les citó a comparecer en la Corte donde los habían detenido, no en donde están actualmente residiendo.

En total, el Gobierno pidió la deportación de 62,363 menores de edad entre octubre de 2013 y enero de este año, según datos federales analizados por la Universidad de Siracusa.

Los abogados pidieron a los jueces que revisen cada caso, especialmente los de los niños de Honduras y El Salvador que llegaron a la frontera diciendo que huían de la violencia en sus países de origen.

Las peticiones son una respuesta a la política de acelerar las audiencias por parte de la administración de Obama, que ordenó a la Migra hacerlas a más tardar en 21 días para “aliviar la crisis de la frontera”.

Es simplemente otro caso de decir una cosa y hacer otra por parte de un político.

Pero es un caso más cínico. La idea de deportar a los niños que llegan ahora pero “proteger” a los que “llegaron de niños y crecieron aquí” no es inclusiva, sino exclusiva. Excluye a los que no son “americanos”. Vuelve a jugar con la vieja idea del “melting pot”, ese caldero mitológico donde todos los inmigrantes se mezclaban. Es no respetar las tradiciones, la cultura original de los inmigrantes. Es la idea de que hay que olvidar, por ejemplo, el español y hablar puro inglés; y de paso meterse al ejército, como en el caso de los “dreamers”.

Es racismo velado, lo mismo contra lo que Martin Luther King peleaba hace 50 años y que ahora, en el caso de los inmigrantes, sólo sirve para hacer un buen discurso presidencial.

 


 

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