Colombia: Donde hay campos minados, plantar semillas de esperanza

Por: Jimmer Prieto

El pasado 25 de febrero tuve la oportunidad de visitar Colombia, como parte de una delegación organizada por Witness for Peace, (Acción Permanente por la Paz, en español). Visitamos la convulsionada zona denominada Montes de María, que se encuentra en los departamentos de Sucre y Bolívar, al norte de Colombia.

Montes de María es un área de alto tráfico de drogas y de armas, debido a su proximidad con el mar Caribe. En esta zona se encuentra el oleoducto Coveñas-Cañolimón, por el que se exporta la mayor parte del petróleo colombiano a los Estados Unidos.

Estas razones económicas y estratégicas han hecho de Montes de María una de las zonas más golpeadas por la violencia. Siendo el campo de batalla de los paramilitares, la guerrilla y el ejército colombiano, miles de familias inocentes han sido víctimas del fuego cruzado y otros miles han tenido que dejar sus casas y parcelas para unirse a la inmensa procesión de desplazados, que ya alcanza la cifra de dos millones y medio, desde los últimos 15 años.

Uno de los objetivos del viaje era apoyar los esfuerzos de paz de las iglesias protestantes organizadas bajo la dirección de Ricardo Esquivia, un líder menonita con amplia trayectoria en la búsqueda de paz con justicia, a través de propuestas creativas, respeto a la vida, a la dignidad de las personas y el uso inteligente de los recursos naturales.

Visitamos varias poblaciones y pudimos hablar directamente tanto con el pueblo como con representantes del gobierno, consejeros municipales, defensores y autoridades militares.

En esta entrega me referiré a Zambrano, una pequeña población del Departamento de Bolívar, con 12.000 habitantes, situada a orillas del Río Magdalena.

Nuestra primera misiva fue una entrevista con los consejeros del Municipio, quienes nos describieron el problema de Zambrano en los siguientes términos:

“Población: Estrato 1.1, que significa pobre-pobre”

“En el campo no se puede trabajar”

“Estamos aquí para pedirles que hagan por nosotros todo lo que esté al alcance de su mano porque estamos agonizando”

“Para un pueblo como este es imposible salir adelante sin la ayuda del gobierno central e internacional”

Terminada la entrevista tuvimos un encuentro con líderes de la comunidad evangélica de Zambrano. Ya habíamos visitado la escuela pública, donde vimos un grupo de voluntarios impartir almuerzo a unos 100 niños, hijos de desplazados. El proyecto lo dirigen los pastores, Ester y Rodrigo Murillo.

Muy al contrario de nuestros anfitriones de gobierno, los términos en que los líderes evangélicos nos presentaron la realidad y expectativas de Zambrano, fueron estos:

“Voy a hablarles de las riquezas de Zambrano. Tenemos 27.800 hectáreas de tierra fértil. 1.800 hectáreas de bosques para explotación de madera. Hay 300 pescadores. Hay 180 mujeres ocupadas en trabajos productivos. Cada hectárea de tierra bien cultivada produce 1.200 kilos de maíz y 500 kilos de ajonjolí”....

Las cifras continuaron denunciando el potencial de la pesca, de la ganadería y de la industria en la región, pero sobre todo el inmenso potencial humano.

Ester y Rodrigo iniciaron su trabajo en 1998, con una misión que vino de Barranquilla. Desde entonces la iglesia no ha cesado de crecer, especialmente por los desplazados que buscan albergue, y a quienes “la iglesia no les puede cerrar la puerta”.

Desde que decidieron organizarse en torno a un evangelio integral para salir de la agonía de la que hablaban los líderes municipales, estos pastores y varios miembros de su congregación crearon, entre otros proyectos, una panadería. Reunieron todos los escasos recursos para el primer bulto de harina, luego adquirieron un modesto horno, venden el pan y así han podido financiar el proyecto de los almuerzos escolares. “No ha sido fácil”, dice Ester. “Tenemos que convertirnos en ejemplo de transformación para transformar a otros”. “La belleza del evangelio nos mueve a ser creativos ante el conflicto, con propuestas de vida. Allí donde hay campos minados, plantar semillas de esperanza”.

Ësto es lo que vi en Colombia. Una iglesia viva, comprometida en buscar soluciones creativas ante la tremenda violencia que la rodea. Una iglesia fuerte en su fe, de gente amable en su insignificancia, sonriente desde adentro, actuando en el campo de batalla, mostrando que es posible resolver el conflicto sin matarse unos a otros, demostrando que su fuerza viene de la unidad del Cristo que proclama y no de la diversidad de sus denominaciones.

La experiencia de Zambrano no es única. Por todas partes la iglesia está desempeñando la función liberadora que está llamada a cumplir. Y no solo la iglesia, sino grupos de maestros concientes, organizaciones de derechos humanos, vanguardias de arte alternativo, periodistas honestos y millones de civiles de todas las edades, desde Cartagena hasta Bogotá, dispuestos a hacer de su ocupación diaria una opción por la vida, en su significado más amplio y profundo.

Próxima entrega: La escuela

fujisan@maplenet.net

Una escena del comedor atendiendo 100 niños, hijos de desplazados

 

Ester, pastora y líder comunitaria hablando de su pueblo.  A la izquierda, Saulo Padilla, integrante de la delegación.

 

El río, fuente de vida y de trabajo.