COSAS QUE NO SE OLVIDAN

Por: Olga Larimer • Directora de La Casa de Amistad

Cuando tenía 8 años mi mama y yo vivimos un tiempo en Puebla, México, en casa de una hermana suya, su esposo y sus tres hijas. Este era un ranchito pobre, cerca de un cuartel rodeado de soldados que vestían uniformes verdes, botas color café con hierros dorados y brillantes, y que andaban siempre a caballo. Los oíamos pegarles a sus monturas y decir palabras indecentes.

Cuando ellos estaban cerca, mis primas y yo teníamos prohibido asomarnos a las ventanas.

Un día, mi mamá me mandó a recoger su pedido de tortillas a una casa que servía de tienda, restaurante y tortillería, a poca distancia de nosotros. Mientras esperaba yo mi turno, un soldado entró al local, que era su casa, donde vivía con su familia.

El hombre se sentó a una de las mesas del cuarto. Al instante salió de la cocina una mujer joven, puso el plato con la comida frente al soldado, un vaso de agua y un traste con salsa. El hombre probó la salsa, se levantó violentamente y comenzó a golpear en la cara a la mujer(su esposa). Ella cayó al suelo, y el soldado le pegó de patadas en todas las partes de su cuerpo, porque la salsa no estaba a su gusto.

Su madre siguió entregando las tortillas y cobrándolas, sin voltear a ver lo que pasaba a sus espaldas pero muy tensa, pálida y con ojos húmedos. Los clientes, incluyéndome, estábamos aún más tensos mirando la escena. Salí corriendo y llegué a la casa.

Agitada, le dije a mi mamá y a mi tía lo que había visto, se miraron entre ellas. El silencio y la expresión de mi tía me dio a entender que entendía perfectamente el abuso.

A través de los años, miré muchos otros abusos en México, casi siempre en familias pobres, personas que no habían recibido mucha educación escolar. Cuando vine a vivir a los Estados Unidos, pensé que el horror de ese tipo de vida no existía aquí, particularmente porque las leyes son más estrictas y se supone que todo mundo tiene los mismos derechos a ser respetados.

Desgraciadamente no es así. Sabemos que hay en los Estados Unidos hombres y mujeres que abusan de su cónyuge. Las estadísticas muestran que la mujer embarazada tiene más riesgo de ser abusada que la mujer que no lo está. Los que son abusados no tienen a nadie que los proteja o no hablan inglés, carecen de medios de transporte, y no tienen dinero para escapar de la situación.

Niños de todas las edades son testigos de los abusos. Ellos sienten la impotencia de no poder defender a la víctima, y aprenden a tenerle miedo y rencor a la persona que abusa. Muchos de esos niños tienen problemas para aprender y se vuelven introvertidos. No pueden hablar con nadie sobre lo que pasa en sus casas. Las imágenes de lo que ven en su hogar se graban en sus mentes, y muchos crecen y repiten la historia con sus propias familias: los varones abusan de sus esposas, y las mujeres saben desde niñas lo que les espera y aceptan resignadas su destino. El ciclo de violencia doméstica sigue su curso.

La única esperanza de cambiar la situación es educar a la gente sobre sus derechos civiles, y exigir que la ley sea aplicada cada vez que una persona abusa de otra. Pero primero, la persona que es abusada debe tener el valor para denunciar a la persona que causa el abuso y eso es lo más difícil.