México del Norte

La letra chiquita

Por:Jorge Mújica Murias

Cientos de miles de inmigrantes festejan estos días lo que podría llegar a ser el final de muchas de sus tribulaciones. Después del acuerdo al que llegaron los senadores Demócratas y Republicanos, parece que millones están rumbo a lo que parece ser una legalización que, eventualmente, les permitiría llegar a ser incluso ciudadanos de Estados Unidos.

Y es que a pesar de lo que George W. Bush se pasó dos años declarando a diestra y siniestra, que no había que “premiar” a los que habían “quebrantado las leyes” de este país con una “ciudadanía automática”, parece que los senadores le pintaron un violín y esta supuesta vía a la amnistía con ciudadanía podría convertirse en un hecho.

La oposición de Bush viene de la vieja historia de la otra amnistía, la de 1986, que se inició con la legalización de 4 millones de personas, que luego se trajeron a ocho millones de parientes y terminaron votando por los Demócratas durante una década. La verdad es que tenemos memoria de chorlito y seguimos votando por los Demócratas no porque sean muy buenos (a fin de cuentas Bill Clinton fue el que aprobó iniciar la Operación Guardián, que en once años ha matado a 4 mil inmigrantes, más que la gente que murió en las Torres Gemelas), sino porque los Republicanos están cada vez peor.

El caso es que el refrito negociado en el Senado la pone supuestamente fácil: los indocumentados que lleven aquí más de cinco años podrán legalizarse “de inmediato”; los que lleven de dos a cinco tendrán que salir “temporalmente” del país, con la promesa de que van a volver ya legalmente, y los que llegaron en los últimos años del gobierno de Vicente Fox mejor que ni desempaquen las maletas ni hagan planes de comprar coche, porque van a tener que hacer cola, en Mexico, para poder regresar un día en calidad de neobraceros.

Descontando a los que admitan haber llenado una forma I-9 con un número de Seguro Social falso, a los que se hayan pasado dos altos manejando con tres copas de más, a los que la policía a agarrado por las calles con algo más que un pito de mariguana, la famosa “amnistía con ciudadanía automática” puede que le alcance a unos seis o siete millones de residentes de México del Norte.

Fuera de la palabrería, la famosa ciudadanía “automática” está como el voto de los mexicanos en el exterior. Posiblemente los gringos le copiaron a los mexicanos, pero el modelito es impecable.

En primer lugar, suponiendo que la ley se apruebe ahora como se propone, la elaboración de los reglamentos correspondientes se llevará, de perdida, un medio año en ser terminados y publicados, de manera que el proceso de legalización se iniciará probablemente a principios del 2007.

Segundo, habrá que chutarse un primer período de tres años para demostrar que uno es requete buen chambeador, y así pasar a un segundo período de otros tres años, para poder optar por la residencia legal. Echele cuentas, y ya estamos en el 2013.

A partir de ahí, habrá que seguir chambeando y viviendo aquí cuatro años (única decisión del Senado que a estas alturas parece buena, y que redujo el plazo anterior de cinco años), para poder solicitar la ciudadanía. Si seguimos la cuenta, ya andamos en el año 2017.

Pero el remate es bien cotorro. La próxima elección presidencial en Estados Unidos será en noviembre del 2008, y las siguientes en 2012 y 2016. Así pues, contando el rato que hay que esperar en el proceso de ciudadanía, nuestros famosos amnistiados tendrán su primer chance de votar en el 2020, dentro de 14 años.

Como dice la canción, “¿ya para qué?”. Por eso digo que esta “ciudadanía automática” se parece al voto moche de Vicente Fox: de los supuestos 12 millones de mexicanos en el exterior, después de la cuestión de la credencial para votar, de las cartas certificadas, de las copias fotostáticas firmadas por los dos lados y demás, terminaron por tener autorización para votar solamente 43 mil expatriados.

A final de cuentas, con o sin papeles, seguiremos siendo ciudadanos de segunda de los dos lados de la frontera. Después de una vida de trabajo, seguiremos siendo ciudadanos nomás por vivir en una ciudad, pero sin derecho a decidir sobre la política y nuestro destino como seres humanos.