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  • Edición impresa de Abril 7, 2009.

Una industria borracha de ganancias

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El Capitán Joseph Hazelwood había tomado unas cuantas copas de más y se retiró a su camarote, dejando a su poco experimentado y agotado contramaestre, Gregory Cousins, al mando de la enorme nave.

El Exxon Valdez, cargado con 53 millones de galones de petróleo crudo, debía evitar los icebergs que obstaculizaban la ruta habitual de salida de la Ensenada Prince William, en Alaska. Después de varias maniobras y creyendo que el peligro quedaba atrás, Cousins decidió conectar el piloto automático. Poco tiempo después, a las 12:04 a.m. del 24 de marzo de 1989, el colosal buque encalló contra el Arrecife Bligh.

El Exxon Valdez empezó a desangrarse por un enorme boquete, del que surgirían 11 millones de galones de petróleo. La indecisión de Exxon —la compañía propietaria de la nave— y lo remoto de la zona contribuyeron a agravar lo que se convertiría en una pesadilla medioambiental y económica que todavía perdura.

El terrible derrame cubrió con un manto mortal 1,300 millas de una de las costas más prístinas y fecundas del hemisferio occidental y causó la ruina de la floreciente industria pesquera, además de la muerte de hasta 500,000 aves marinas, miles de millones de huevas de pescado y centenares de otros animales mayores, como orcas, focas, nutrias y águilas calvas.

La investigación federal que se hizo luego concluyó que Exxon y sus empleados cometieron una larga lista de errores que desembocaron en la catástrofe, que incluyeron la falta de supervisón de un capitán ebrio y las excesivas horas de trabajo y el agotamiento de otros oficiales. También se culpó a Exxon por su lamentable falta de reacción ante semejante desastre.

En este 20 aniversario de la peor catástrofe ecológica en la historia de Estados Unidos, ExxonMobil parece haber pasado la página. Pero los residentes de las costas de Alaska, especialmente los pescadores, aún viven esta pesadilla.

Según el gobierno federal, bajo la superficie de las playas de la zona todavía quedan 26,600 galones de crudo. No es de extrañar, por tanto, que la pesca en Prince William nunca haya recuperado su pasado esplendor. El arenque, por ejemplo, que es la base de esta actividad, nunca recobró sus cifras.

ExxonMobil, por otro lado, se ha convertido en la corporación más rica del mundo. El año pasado, en medio de la recesión, la compañía obtuvo unos asombrosos 45,000 millones de dólares en ganancias. Cada minuto de cada día del año 2008, la petrolera ganó más de 75,000 dólares. Recordemos que el salario promedio en nuestro país es de poco más de 40,000 dólares al año.

Aun así, ExxonMobil sigue negándose a pagar a los 30,000 pescadores de Prince William los 5,000 millones de dólares que una corte dictaminó que les debía para compensarlos por los terribles daños económicos que causó el derrame. Mientras tanto, 6,000 de los pescadores han envejecido y muerto sin ver un solo centavo de la compensación que se merecían.

ExxonMobil, asimismo, actúa como si el desastre del Exxon Valdez fuera un caso aislado. El Servicio de Gestión de Minerales, sin embargo, informa que las explotaciones petroleras en las costas del país derraman casi 300,000 galones de crudo en el océano. Solamente los huracanes Katrina y Rita derramaron unos 9 millones de galones de crudo.

Estas son abrumadoras razones para buscar otras opciones a los combustibles fósiles, a la energía del siglo 19. Sin embargo, ExxonMobil y el resto de la industria petrolera y gasífera quieren que continúe la borrachera sin pensar en la inevitable resaca.

El año pasado, esta industria aumentó en un astronómico 64% sus gastos de cabildeo en Washington, de 82 millones de dólares en 2007 a 128.6 millones en 2008. Por supuesto, la que más invirtió en influenciar a los políticos federales fue ExxonMobil, con 29 millones.

Los observadores consideran que este espectacular aumento en los gastos de cabildeo es un síntoma de pánico en una industria que ya no tiene a su mejor aliado en la Casa Blanca, sino a un nuevo presidente, Barack Obama, empeñado en buscar y establecer fuentes de energía limpia y renovable.

También se ha dado cuenta de que el presidente Obama está convencido de que debemos tomar medidas urgentes y efectivas para combatir el calentamiento global.

Veinte años después del desastre del Exxon Valdez, esta industria, borracha de ganancias, quizá también esté a punto de encallar contra un arrecife llamado soberbia y tenga los días contados.

 


 

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