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  • Edición impresa de Abril 19, 2016.

La Columna • ¿De qué nos morimos?

Como bien se ha dicho: la muerte es parte de la vida. A todos nos acompaña en el camino que hacemos. Desde que nacemos, una cosa segura tenemos todos: tarde o temprano nos llevará con ella. Pero, ¿cuál es la prisa? ¿Qué necesidad tenemos de morir por causas evitables?

Aun cuando la expectativa de vida en Estados Unidos sigue estando alrededor de los 78 años, según datos de los Centros de Control de Enfermedades (CDC), muchos –y cada vez más– insisten en acabar sus vidas prematuramente gracias a vicios como el alcohol o el cigarrillo. El hecho de que los números de decesos por estas cuestiones hayan comenzado a bajar, revela entre otras cosas que las campañas preventivas sirven para algo. No obstante, las enfermedades del corazón y el cáncer siguen siendo las principales causas de muerte entre los habitantes de este país. La mala noticia es que así como unos números bajan otros suben, como los de fallecimientos por cirrosis y enfermedades crónicas del hígado.

De acuerdo con las estadísticas más recientes publicadas por los CDC, en el 2013 más de 29 mil personas murieron por causas directamente relacionadas con el alcohol, es decir, por el uso dependiente o no dependiente del alcohol o por envenenamiento accidental o intoxicación con esa sustancia. Esta cifra no incluye accidentes, homicidios y otras muertes indirectamente relacionadas con él.

La tasa de muertes inducidas por alcohol aumentó en un 2.5% del 2012 al 2013 entre el total de la población, pasando del 8.0 a 8.2. Y es que la cirrosis, la causa de muerte número 12 en Estados Unidos, y la última fase de la enfermedad hepática crónica, pueden ser inducidas por hepatitis B o C, pero también por alcoholismo.

Cuando hay cirrosis, el hígado no puede funcionar; en suma, pierde la capacidad de controlar infecciones, eliminar bacterias y toxinas de la sangre, procesar nutrientes, hormonas y medicamentos y fabricar las proteínas que regulan la coagulación sanguínea entre otras cosas, que nos hacen llevadera la existencia.

Y es que a pesar de que muchas personas no presentan síntomas en las primeras etapas de la enfermedad, a medida que ésta avanza, el enfermo padecerá debilidad, fatiga, pérdida del apetito, náuseas, vómitos, pérdida de peso, dolor abdominal e hinchazón, picazón y vasos sanguíneos en forma de araña cerca de la superficie de la piel.

Por otra parte, en tanto que la función hepática se deteriora, las cosas se pueden complicar y la víctima puede llegar a requerir un trasplante de hígado. ¿Dijimos ya que la mayoría de los casos de cirrosis son causados por el exceso en la ingesta de alcohol? ¿Para qué complicarnos la vida a ese nivel? ¿Para qué acortarla dramática e innecesariamente? Tal vez, la próxima vez, sea buena idea pensar que todo exceso es vicioso.

 


 

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