Colombia: La Escuela como “laboratorio de paz”

Por: Jimmer Prieto

En esta edición hablaremos del esfuerzo que están haciendo algunas escuelas en Colombia para actuar de manera creativa ante el conflicto. Como ustedes saben, el objetivo de nuestro viaje con Witness For Peace (Acción Permanente por la Paz) era explorar las políticas de los Estados Unidos sobre este país suramericano y el papel que esas políticas, tales como el Plan Colombia, juegan en el complejo problema social que lo caracteriza.

Usted se preguntará: Es que acaso tiene Estados Unidos algo que ver con los desplazados en Colombia? Usted puede oír esa pregunta repetida millares de veces por la gente en Estados Unidos, aunque no en Colombia, donde por lo general todos saben que la “ayuda” que viene del norte está dedicada mayormente a entrenamiento militar.

Veamos esa relación de una manera simple. Estados Unidos tiene un problema agudo y extendido de drogadicción. La rapacidad con que se demanda la droga sobrepasa toda imaginación. La cocaína llega a los Estados Unidos por tierra, mar y aire, de las maneras más creativas e insospechadas, comprando a su paso la conciencia de oficiales de gobierno, embajadas, agentes de aduana y compañías de transporte; luego se distribuye ingeniosamente por redes de alto, medio y bajo poder, entrando tanto por el mundo del guante blanco como por los sectores más oscuros de la sociedad, involucrando millares de vendedores de toda condición, que finalmente la proveen a sus clientes habituales.

La droga viaja entre mercancía de importación oficial, se cuela entre valijas de inmunidad diplomática y entre los intestinos de ingeniosas “mulas”, por mencionar solo algunas de las innumerables maneras en que invade al país. Una vez puesta al por mayor en todas las ciudades, grandes y pequeñas, la droga se distribuye diaria y clandestinamente entre centenares de intermediarios menores; comienza su viaje escabroso al menudeo metiéndose en los hogares, en las oficinas y en las universidades; colándose por las rendijas de las familias más honestas, acomodándose secretamente en la habitación de muchos jóvenes de clase media y descansando en los despachos de empresarios grandes y medianos, para compartirse alegremente entre profesionales de todos los rangos y convertirse en el ingrediente fundamental de muchas fiestas, celebraciones donde normalmente hay música y tragos.

La droga llega a los consumidores, a pesar de todas las masacres, desplazamientos, destrozos, pobreza, desolación y muerte que deja atrás y los adictos continúan su vida de habitual dependencia sin siquiera imaginar la tragedia que su vicio ocasiona, desde la plantación hasta el polvo blanco que llega a sus manos.

Y aquí he llegado al objetivo de este, mi segundo testimonio de esperanza acerca de lo que vi en Colombia en mi reciente viaje. La gran mayoría de gente que muere a causa de la excesiva demanda por parte de los Estados Unidos es gente colombiana. Dos millones y medio de desplazados es solo una de las caras del gran monstruo.

Pero desde las entrañas del monstruo han empezado a formarse en las escuelas de humilde condición, grupos de maestros y maestras concientes, profesores comprometidos con su labor pedagógica, inconformes con la realidad, cuya necesidad de hacer un cambio tiene carácter de urgencia.

Su opción por la vida desde el aula de clase se extiende hasta el uso de la “dramatización” como una estrategia para liberar el excesivo dolor y natural agresividad de niños desplazados, que han visto violencia y han sido víctimas de ella.

Su opción por la vida los ha llevado a explorar hasta la raíz africana del alma de los niños, donde reside un inmenso potencial por la música instrumental, el canto y la danza.

Su opción por la vida, desde el poder transformador de la tiza y el tablero, los ha llevado a ensayar proyectos de economía de subsistencia, micro empresas donde se usa el talento artesanal de los niños y sus familias, para abonar unos centavos al escaso presupuesto de la comunidad.

Finalmente, su opción por la vida añadido a su conciencia del papel transformador de su trabajo, los ha llevado a salir de las cuatro paredes de la escuela para encontrarse con el pescador, el agricultor y el artesano; a trabajar en equipo con la iglesia, el centro de salud y las organizaciones que defienden al pueblo y la cultura.

Esto y mucho más vimos en la Institución Educativa Técnica “Sagrado Corazón de Jesús”, en Zambrano; escuela José María Córdoba, de San Onofre; Corporación educativa Nazaret y escuelas asociadas a la Iglesia Misionera de Dios, en Cartagena.

Su trabajo es un tributo a la esperanza y una afirmación más de que la muerte no prevalecerá para siempre sobre este país que renace y se desangra, se desangra y renace diariamente para testimonio del mundo entero.

(Próxima entrega: Desplazados: Un proyecto de “Retorno” a la tierra)

Maestros de inglés de esta escuela en Cartagena, Colombia contribuyen a la creación de micro-empresas para ayudar a la economía familiar.


La música y la danza afrocaribeña contribuyen a liberar la agresividad de niños expuestos a violencia, en el norte de Colombia.


Esta escuela en el Municipio de Zambrano, atiende dos jornadas de niños, en su mayoría hijos de desplazados.