No olvidemos el petróleo

Por Alberto Piris

Estados Unidos fue, en el nombre de Occidente, a controlar los pozos de petróleo con base en Irak (segundo productor mundial), para evitar que fundamentalistas islámicos convirtieran el petróleo en arma arrojadiza sobre las democracias. Aunque tal secreto dejó de serlo hace ya tiempo, pocos medios de comunicación se atreven a esclarecer la influencia del negocio petrolífero en la conflictividad bélica de hoy.

En la web del estadounidense Nation Institute, un analista político escribía: “En los medios de comunicación, llenos de información sobre las relaciones entre el Gobierno de Bush e Irán, casi sin excepción se habla del programa nuclear iraní y de las negociaciones de Europa y de EU con Irán sobre ese asunto. Durante varias semanas seguidas se podría leer nuestra prensa sin saber que Irán reposa sobre un mar de petróleo y gas natural”. Del mismo modo, podemos añadir que raras veces aluden los medios de comunicación más populares al hecho de que nuestro mundo funciona gracias al suministro continuo y creciente de productos petrolíferos.

Un analista internacional tan conocido como Michael T. Klare, en octubre del pasado año iluminaba nítidamente esta cuestión en un artículo esclarecedor titulado “Las guerras del petróleo ­ La transformación de los ejércitos de EU en un servicio global de protección petrolífera”, en inglés: Oil Wars - Transforming the American Military into a Global Oil-Protection Service.

Alguna prensa especializada, como el Financial Times, exhortaba hace poco: “El FMI advierte del peligro de un permanente shock petrolífero”, pero la gravedad del asunto tiende a pasar inadvertida. Es muy tosco, para la habitual hipocresía política al uso, aceptar la idea de que nuestro mundo desarrollado depende básicamente de unos recursos que la naturaleza ha regalado, en buena proporción, a unos países contra los que hay que ejercer la necesaria coerción, si es preciso militar, para que nuestra economía siga activa.

El lector puede estar seguro de que, si se produce un ataque contra Irán, se hablará de armas de destrucción masiva, como ocurrió con Irak, pero nunca se revelará que el principal objetivo es el control de las grandes reservas petrolíferas del país. Todas las guerras suelen obedecer a varios motivos, pero siempre hay entre ellos alguno primordial, que suele enmascararse tras otros menos impresentables.

Irán es el segundo país con más reservas petrolíferas sin explotar, tras Arabia Saudita. Respecto al gas, es uno de los pocos países que podrá ampliar mucho su producción en el futuro, dado que ahora apenas explota sus yacimientos. Todo esto lo hace muy apetitoso para las voraces fauces del mundo desarrollado, cada vez más sedientas de recursos energéticos.

A eso se une la estratégica situación del territorio iraní, desde el que se puede poner en peligro el vital suministro de crudos procedente de muchos otros países de la zona. Solo por el estrecho de Ormuz, donde Irán puede obstaculizar la navegación con más facilidad que España en Gibraltar, circula el 40% de todas las exportaciones petrolíferas del mundo. Cuando en el discurso de la Unión del año 2002 Bush aludió al “eje del mal”, incluyó en él a Irán junto con Irak y Corea del Norte. La amenaza era ya evidente.

Es posible, pues, que a amplios sectores de la ultraconservadora opinión pública de EU se les haga aceptar una nueva guerra preventiva, blandiendo otra vez la amenaza de armas nucleares en posesión de un país esencialmente “malvado”. Algunos círculos conservadores europeos, como la FAES, también tragarán con júbilo el engaño, como ocurrió con la invasión de Irak. Pero el que quiera saber de verdad lo que está ocurriendo en ese crítico Oriente Próximo que tanta preocupación suscita no podrá ignorar que el Gobierno de EU maneja una ecuación geopolítica donde el factor decisivo es el flujo mundial de la energía, en especial los hidrocarburos. Mientras sea el petróleo la sangre que corre por las venas del llamado progreso, asegurar su suministro será la principal preocupación de Occidente, aunque tenga que disimularla con ropajes morales, religiosos o políticos, o simplemente asustando una vez más a los votantes.