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  • Edición impresa de Mayo 18, 2010

La droga es uno de los mayores enemigos a los que se enfrenta el mundo. No importa el punto exacto del mapa que se tenga en cuenta, sus efectos están siempre presentes de una u otra manera. Hoy representa un problema que afecta a millones de personas. Sin embargo, pese a la puesta en práctica de diversos planes y estrategias por parte de la comunidad internacional para tratar de paliar su devastadora influencia sobre la población, todavía no se ha conseguido poner remedio, y en muchos aspectos la situación ha empeorado.

Así, programas de miles de millones de dólares como la Estrategia Andina o el Plan Colombia no han obtenido los resultados esperados. La excesiva focalización de estos en la lucha contra el tráfico ilegal desvió la mirada de las graves repercusiones que la droga produce en las condiciones de seguridad y en el desarrollo de las comunidades o regiones en las que está inmersa.

El caso de México, es un ejemplo claro de cómo el narcotráfico puede conseguir que el contexto económico, político y social de un país se suma en un auténtico caos. En los últimos tres años han muerto más de 22,000 personas en la batalla contra los carteles. 

Pero, sobre todo, el defecto principal en el que han caído las diferentes iniciativas que se han seguido hasta ahora está en el ataque desproporcionado al que han sido sometidos los eslabones más débiles de la cadena. Los cultivadores latinoamericanos o asiáticos de los países productores o los drogadictos de las sociedades consumidores han funcionado, muchas veces, como chivos expiatorios mientras los verdaderos culpables permanecen ocultos en la sombra.

En los últimos años, después de varios intentos fallidos, parece que la lucha contra la droga ha corregido notablemente su rumbo. Sobre todo en el papel que desempeñan tres de los agentes con más peso dentro del panorama mundial: la Unión Europea, Estados Unidos y la rede internacional de la Cruz Roja y la Media Luna Roja. Los esfuerzos renovados, con los que ahora se aborda la cuestión, se materializan en políticas de acción con un mayor componente humano.

El cambio de paradigma ha sido posible gracias a la buena disposición y al trabajo continuado ante este gran desafío. Pero, sobre todo, un viraje semejante no se podría haber emprendido sin el aporte decisivo de Estados Unidos. El reconocimiento desde la Casa Blanca del fracaso de sus intervenciones pasadas sobre el problema y el consiguiente planteamiento de una reforma en su política de actuación en los países productores han configurado un nuevo enfoque que promete resultados más eficaces. El acento ya no está en la erradicación agresiva de las cosechas. Hoy la insistencia se pone en proyectos que favorezcan el desarrollo económico y disminuyan el cultivo ilegal.

Sin duda, la adopción de esta nueva óptica abrirá un amplio abanico de posibilidades entre las que, algún día, se conseguirá la hoja de ruta adecuada que nos permitirá afrontar con éxito este grave problema. 

 

 


 

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