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  • Edición impresa de Mayo 3, 2011

La madre de todas las fosas

En el Valle Imperial de California, a principios de abril, la nieve cubre las piedras del desierto y las casetas de la Border Patrol a lo largo del camino. La autopista Kumeyaay Freeway corre paralela al tramo mexicano de La Rumorosa, y baja hasta una zona agrícola ordenada y tranquila.

Allí, Holtsville es un pueblo de poco más de cinco mil personas que durante el siglo XX fue famoso por ser uno de los condados donde más se concentra la actividad agrícola en Estados Unidos. Pero esta tierra fértil también tiene espacio para hospedar los cuerpos sin nombre de casi 700 migrantes: el pequeño poblado californiano de Holtsville esconde un cementerio de muertos desconocidos, casi todos presumiblemente migrantes mexicanos y centroamericanos que ocupan silenciosamente el patio trasero del panteón municipal.

Desde fines de los años noventa, el espacio dedicado a los muertos anónimos, a los ilegales del cementerio de El Centro, la ciudad más importante del condado, resultó insuficiente. Fue entonces cuando se decidió abrir una fosa común en la cercana Holtsville. “Los muertos empezaron a aumentar desde 1997, cuando se vieron por primera vez los resultados de la Operación Guardián”, recuerda Enrique Morones, fundador de la organización de derechos humanos Border Angels y ganador en 2009 del premio mexicano de derechos humanos. “Lo que cabe destacar es la conexión directa que existe entre las leyes migratorias racistas de Estados Unidos y las miles de muertes que ocurren en toda la frontera con México; se trata de una política migratoria que genera sistemáticamente la muerte”.

El área es una explanada de tierra simple, salpicada por cientos de ladrillos grises o cafés puestos más o menos a un metro el uno al lado del otro. Cada ladrillo identifica a una sepultura, y detrás de cada uno hay una cruz de madera. Las cruces son armadas y decoradas por estudiantes de las universidades de San Diego, que de tiempo en tiempo mandan voluntarios a la organización de los Border Angels. “Es una forma de no olvidarse de estos muertos —explica una joven universitaria de la San Diego State University— porque ya no se conoce su identidad y no tienen a nadie que los visite ni los recuerde”.

En el condado de Imperial Valley, la mayoría de la gente no conoce o no sabe del lugar. Las autoridades del condado de Holtsville, que se encargan del entierro de los migrantes desconocidos, se ocupan de los cuerpos pero no de mucho más. Prefieren no hacer público el hecho. “Los funcionarios del condado no quieren que se hable de esta fosa común, ni que se hable de estos 700 muertos ‘sin nombre’” —afirma John Hernández, activista chicano y presidente del centro multicultural Our Roots de El Centro.

Los casi 700 cuerpos enterrados en el panteón de Holtsville representan sólo una parte de las muertes “sin nombre” que ocurren a diario en la frontera entre México y Estados Unidos. Según un informe proporcionado por la asociación de derechos humanos No More Deaths y la Coalición de Derechos Humanos que operan en la frontera entre Sonora y Arizona, los cadáveres encontrados sólo en la zona fronteriza de Tucson entre el primero de octubre de 2009 y el 30 de septiembre de 2010 serían 253.

 


 

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