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  • Edición impresa de Mayo 1, 2012

¿Tener o ser?

 Podemos contemplar la vida como una larga carrera por poseer: tenemos casas, coches, cultura… hasta nos reservamos un lugar en el cementerio. Es como si esos títulos de propiedad nos hicieran más fuertes, más importantes, incluso más felices. Si nos preocupamos por desarrollar otras capacidades, como la solidaridad y el respeto al otro, entonces somos vistos como gente rara, que no sintoniza con la cultura del siglo XXI.

Pero todo “tener” implica un “ser”, y todo “ser” necesita un “tener” para existir. No podemos vivir sin unos mínimos recursos: comida, ropa, vivienda. Es lo que podemos llamar propiedad para uso. Esta propiedad favorece el “ser” y posibilita un desarrollo y un crecimiento psicológico del individuo.

Pero también existe la propiedad no funcional, aquella que se busca como trampolín para sentirse más seguro, libre e independiente, o para mitigar otras carencias. Este tipo de propiedad satisface las necesidades enfermizas provocadas y estimuladas por nuestra sociedad de consumo.

K. Horney señala que la dificultad para dar y recibir cariño, la falta de valoración de uno mismo y la agresividad son las caras invertidas del “ser”. Para compensar esas deficiencias, el hombre moderno tiende a “poseer”. De esta forma el “tener” parece un antídoto contra la infelicidad. En realidad, la seguridad que provoca la posesión es ficticia, pues no se cimienta en uno mismo sino en circunstancias externas; cuando éstas fallan, todo se viene a pique.

Lo sano estaría en la línea de saber “tener” para posibilitar el desarrollo de nuestras potencialidades. El afán normal de “tener” se vincula siempre con el bienestar personal, familiar o con una idea científica o religiosa; en cambio, el afán neurótico se cimienta sobre la propia inseguridad.

Por eso, hay que favorecer la valoración que tienen los niños de sí mismos a partir de sus propias capacidades y no de lo que poseen. Lo importante no es la fachada, sino lo que está dentro. Debemos esforzarnos por robustecer en los más jóvenes lo que son, no lo que tienen. Así, valores como la solidaridad, el compromiso, la honradez y la tolerancia estarán por sobre el deseo de poseer un coche último modelo o comprarse unas zapatillas de marca. Lo primero es lo esencial; lo segundo, accidental.

El niño debe encontrar un espacio donde pueda sentir y expresar hasta las emociones más perversas. Un buen lema sería: puedes sentirlo y expresarlo con palabras. Así, las vivencias agresivas no se pueden llevar a la práctica, pero sí se pueden expresar y contar.

También debe aprender que no es el ombligo del mundo. Las necesidades de los otros, y sus deseos, son el contrapunto de sus inclinaciones y proyectos. Ser adulto es tener en cuenta al otro y sus necesidades. La visión de “tener” está centrada en uno mismo. Gira en torno de las propias necesidades: primero yo, después yo y yo. Se trata entonces de vencer este narcisismo patológico que lleva al consumismo.

Los instintos más negativos deben transformarse a través del arte, el deporte o la cultura. La felicidad es sinónimo de equilibrio con uno mismo y con el entorno. La felicidad se construye en el intento de armonizar las necesidades del propio yo con el universo. La felicidad es aceptar lo mucho o poco que somos o tenemos y sincronizarlo con las exigencias propias y externas.

 


 

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