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  • Edición impresa de Mayo 1, 2012

Armonía y equilibrio en nuestro mundo interior

La salud mental positiva se manifiesta cuando existe un equilibrio entre nuestros deseos y realidades, cuando vivimos armónicamente con nuestro entorno y con nuestras posibilidades psíquicas, físicas y económicas. Es decir, cuando hemos aceptado que tenemos limitaciones y que hemos logrado una adaptación sana a nuestra realidad.

La salud mental es dinámica, no estática, y, por esto, debemos cultivarla todos los días para no caer en el malestar. La salud mental es un “equilibrio inestable”, que se puede perder y recuperar de forma transitoria o de forma definitiva.

Sabremos si una persona tiene buena salud mental por su estabilidad en su vida cotidiana y por su capacidad para afrontar los grandes y pequeños contratiempos diarios.

Se podría decir que el mundo externo está representado por el tener y el mundo interno por el ser. La salud mental, y por tanto la felicidad, consiste en lograr armonía entre el mundo externo y el mundo interno. El primero está representado por el deseo de poseer la casa más grande, el coche más rápido, casarse con el hombre/mujer más guapo/a, comprar la ropa de marca, etc. El segundo se relaciona con los sentimientos de paz, solidaridad, bondad, fortaleza, esperanza, y también los sentimientos de ira, rabia, impulsividad, rencor, etc., que es preciso encauzar para que el equilibrio no se rompa.

El desequilibrio entre estos dos mundos produce alteraciones del ánimo y de la conducta que conducen a la infelicidad. Si la balanza se inclina hacia el mundo externo, la persona se volverá insaciable e infeliz; si, por el contrario, lo que predomina es un mundo interno negativo, el resultado también es la angustia y el sufrimiento.

K. Horney señala que los rasgos neuróticos de nuestro tiempo son la dificultad de dar y recibir cariño, la falta de valoración de sí mismo y la agresividad. Son, por otra parte, las caras invertidas del “ser”. Para compensar esas deficiencias el hombre moderno tiene una salida: “poseer”. “Cuánto más tenga más me querrá la gente, más seguro me encontraré y no tendré que destruir al otro”. De esta forma el “tener” es un antídoto contra la infelicidad. Aunque luego la realidad es otra: la seguridad que provoca la posesión es ficticia, pues no se cimienta en uno mismo sino en circunstancias externas; cuando estas fallan, y pueden fallar, todo se viene a pique.

Lo sano estaría en la línea de saber “tener” para posibilitar el desarrollo de nuestras potencialidades. Así, el deportista incrementa sus cualidades físicas, el intelectual crece en su capacidad de saber y el obrero se perfecciona en su profesión. Podemos concluir que el afán normal de “tener” se vincula siempre al bienestar personal, familiar o a una idea científica o religiosa; en cambio, el afán neurótico se cimienta sobre la propia inseguridad, el sentimiento de inferioridad o la angustia de la envidia. En palabras de K. Horney, podemos afirmar que “el afán normal de poderío nace de la fuerza; el neurótico, de la debilidad”.

 


 

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