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  • Edición impresa de Mayo 1, 2012

Amanda Thomas quería compartir con Mitt Romney su larga lista de preocupaciones: una ley de salud que afectará a la empresa de su esposo, la deuda que afligirá a la generación de su hija de dos años y las angustias económicas de sus padres jubilados. “Estoy preocupada por mi bebé y por mis padres”, le dijo al candidato presidencial republicano. La respuesta de Romney fue breve. “Comparto su preocupación”, dijo con rapidez antes de pasar a una explicación detallada de la posible insolvencia de la Seguridad Social y Medicare.

Un día después, el presidente Barack Obama hablaba con cuatro trabajadores desempleados en un programa de capacitación laboral del suburbio de Elyria, en Cleveland. Sentado en un banco, con las mangas de la camisa levantadas y de corbata, les preguntó sobre las dificultades que enfrentaban al capacitarse para una nueva carrera. Bronson Harwood, que lleva dos años sin empleo, dijo que ha tenido problemas con su tarea y que en los últimos días tuvo aun menos tiempo para hacerla debido a los llamados telefónicos por la visita del presidente. En lugar de solidarizarse con él, Obama optó por una broma y le dijo: “No voy a darle una excusa para no hacer su tarea”.

Conforme compiten por el más personal de los cargos en opinión de los votantes estadounidenses, Romney y Obama se esfuerzan por demostrar que pueden identificarse con las presiones económicas que enfrentan los ciudadanos de clase trabajadora y son producto de la peor recesión desde la década de 1930. Su incomodidad se hace evidente cuando hablan con estadounidenses blancos de clase trabajadora, un grupo definido como aquellos que no tienen un título universitario y que, según las encuestas y los resultados de las primarias, a los dos hombres les cuesta conquistar.

Casi el 15% del país está desempleado o trabaja medio tiempo debido a la imposibilidad de encontrar un empleo de jornada completa. Si bien la economía mejora, los estadounidenses ganan menos que antes de la recesión. En febrero, la mediana del ingreso familiar era un 5.7% menor que el nivel de junio de 2009, cuando la recesión llegó oficialmente a su fin.

La situación económica puede imponerse a cualquier dificultad que los dos candidatos tengan para conectarse de forma personal con el electorado. De todos modos, en tiempos difíciles, los votantes pueden buscar un presidente que lleve la empatía a un primer plano, como lo hacía Franklin Roosevelt. Cuando en 1945 el tren fúnebre de Roosevelt pasó ante un hombre que lloraba, un periodista le preguntó si había conocido al presidente. “No conocí al presidente”, dijo. “Pero él me conocía a mí”.

 


 

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