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  • Edición impresa de Mayo 15, 2012

Ser maestro

Por José Luis Rozalén Medina. Catedrático de Filosofía

Conocemos las circunstancias en las que muchos maestros y maestras ejercen su labor diaria y que, en muchas ocasiones, los lleva a la depresión y a la enfermedad psicológica: adolescentes semi-analfabetos que no les tienen ningún respeto, que los amenazan, que incluso los golpean; padres incapaces de proponer a sus hijos unas mínimas norma éticas y sociales de comportamiento y que, además, no ayudan a los profesores a intentarlo; una sociedad “pragmática” que no muestra auténtico interés en el grave problema escolar.

A pesar de todo, hay padres que sí se preocupan de la educación de sus hijos y colaboran sinceramente con los maestros; conocemos a chicos y chicas estupendos, inquietos, estudiosos, por los que merece la pena luchar; vemos cada día a educadores de todas las edades y niveles que se dejan la vida en las aulas.

Ser maestro no puede ser simplemente transmitir de forma aséptica y fría los distintos saberes, técnicas y hábitos que preparan al niño para hacer o fabricar algo, para ocupar un puesto o ganar un sueldo. Todo esto es necesario, pero sólo en la medida en que nace de algo mucho más profundo.

Lo esencial, en la labor del maestro es sentir esa emoción que se produce en el alma del educador, cuando, gracias a su trabajo diario, a su ilusión y dedicación, puede contemplar cada curso, cada mes, cada semana, cada día, el brillo agradecido de los ojos de sus alumnos, al descubrir una verdad intelectual, un valor moral, una sensación estética.

Educar es dar la mano a sus alumnos para que se adentren en el bosque de la vida, es regar el aún tierno árbol de su libertad que está empezando a crecer, para que se haga árbol fecundo; es decirles que, a pesar de lo materialista y mezquino del mundo, hay gente que sigue creyendo en la alegría, en el trabajo, en el respeto, en las ganas de vivir, e intenta descubrir cada amanecer horizontes nuevos.

El maestro enseña a la gente a ser un poco más solidaria, un poco más responsable, un poco más libre, un poco más humana, un poco más feliz... “Educar” significa “conducir”, llevar al discípulo hacia su propia perfección, ayudarle a que saque del fondo de su ser todo lo que allí dormía latente.

El buen maestro debe leer, estudiar, estar al día en todo, intercambiar experiencias con sus compañeros, conocer el medio en que desarrolla su misión..., porque su trabajo es duro y permanente: “no se es maestro por horas, sino todas las horas del día”.

La educación, nos decía el maestro Giner de los Ríos, “es obra que pide al maestro clara concepción de los fines, labor profunda, ánimo sereno, devoción austera, paciencia inquebrantable... El magisterio exige hombres equilibrados, de temperamento ideal, de amor a todas las cosas grandes, de inteligencia desarrollada, de gustos nobles y sencillos, de costumbres puras, sanos de mente y cuerpo, dignos en pensamiento, palabra y obra”.

En definitiva, ser maestro es, antes que nada, una actitud ante la vida, como expresa Josefina Aldecoa en el libro homenaje al primer maestro Mi infancia son recuerdos. Ser maestro “es una pasión que nace de una generosidad sin límites, de un deseo de entrega agotadora”.

 


 

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