¿Por qué dejamos de jugar?

Por: Gilberto Pérez

Era un lunes en la tarde y me encontraba en el parque Shanklin junto a mis hijos disfrutando un hermoso día de primavera. Ariana y Félix jugaban en los columpios y tobogán felizmente. Yo me encontraba en el banco observándolos. Al estar sentado en el banco se encontraba una familia que jugaba con sus hijos. Junto a ellos estaba su abuela, señora María del Refugio Ponce Sigala, edad 73 años, originaria de Aguascalientes, México. Mientras yo vigilaba a mis hijos observé que María se levantó y fue hacia el área de juego. La vi subir las escaleras y luego me quedé asombrado al ver a María bajar por el tobogán.

No sólo bajó correctamente, sino que empezó a subir en dirección opuesta como todos solemos hacer cuando se baja por un tobogán. Luego observé que sus nietos y sobrinos se acercaron a María y empezaron a bajar juntos por el tobogán. Luego, María se sentó en el piso y empezó a jugar con las piedras. Se le acercó su nieta y ambas jugaron. Estaba fascinado con este escenario. Realmente creo que observé un momento de gran alegría no sólo para los niños, pero María también se observaba alegre. Después de un rato me acerqué a María y la felicité por jugar con sus nietos. “Yo juego porque Dios hizo estas cosas. Me gusta correr y brincar”, dijo María.

Quizás usted se pregunte, “¿Por qué escribir sobre el juego entre una abuela, sus nietos y sobrinos?” La razón por la cual escribo esto es porque muchas veces dejamos de jugar por razones que no son justificadas. Se dice que el jugar debe ser una de las cosas que como seres humanos debemos hacer para mantenernos saludables y con buenos ánimos. Lamentablemente, al crecer dejamos de jugar ciertos juegos por sentir un poco de vergüenza y el deporte deja de ser importante en nuestras vidas.

Los juegos que jugábamos cuando niños se nos olvidan porque tendemos a pensar que dichos juegos son solo para niños. Es obvio que algunos juegos no podremos jugar debido a los cambios físicos que dictan nuestra movilidad y habilidad. Sin embargo, María a su edad de 73 años se encontraba corriendo y bajando el tobogán mientras yo estaba sentado observando a mis hijos jugar. María me enseñó que sí tenemos las fuerzas y tenemos la habilidad de correr, brincar, y saltar debemos involucrarnos en el juego de nuestros hijos.

A veces dejamos de jugar debido a que pensamos en “que dirán” cuando la gente nos observa brincando y saltando con los niños en el parque o en el patio de la casa. Nuevamente, María me enseñó que no importa lo que diga o piense la gente. Es importante disfrutar los momentos con nuestros hijos y olvidarnos de la vergüenza o el qué dirán. María y sus nietos disfrutaban de manera increíble.

En fin, a veces dejamos de jugar porque la vida se ha tornado difícil y el estrés de tener que pagar las cuentas, arreglar el carro, lidiar con las tareas de los niños, etcÉ no dejan mucho tiempo para el juego. Los días de salir a disfrutar una caminata o un escondite con nuestros hijos se convierten en cosas del pasado. Esa tarde no fue para conocer si María tenía estrés o muchas cuentas por pagar. Lo que si aprendí es que debemos hacer tiempo para salir y disfrutar unas horas de diversión. Ahora que los días están hermosos y el calor no es tan fuerte, haga como María y saque tiempo para jugar. Esa tarde María me reforzó que nuestra edad no necesariamente debe dictar los juegos que jugamos con nuestros hijos. Saque tiempo para caminar, correr y si puede bajar por un tobogán, ¡adelante! Tenga precaución y disfrute con sus seres queridos. Esto es lo más importante de nuestras vidas.

María, gracias por compartir su vida conmigo y mis hijos en el parque de Shanklin. Espero que pueda continuar jugando con sus nietos y que siga siendo un gran ejemplo para todos en nuestra comunidad. Para mi, su ejemplo ha quedado grabado en mi mente. Si nos vemos nuevamente en el parque Shanklin, me verá bajando por el tobogán junto con mis hijos.

María Refugio, es el personaje de esta reflexión.