¿Cómo mejorar la comunicación con nuestros hijos?

(Primera de dos partes)

Por: Carmen Herrera García

Con la autorización de Solohijos

Escuchar atentamente es el primer paso que nos permitirá conocer qué preocupa al niño y cuál es su estado emocional.

Los padres creemos que para comunicarnos adecuadamente con nuestros hijos nos basta el profundo amor que les tenemos, nuestra experiencia de la vida y la necesidad que ellos tienen de ser guiados y corregidos. Probablemente estos tres ingredientes, junto al sentido común, sean suficientes en muchas ocasiones para mantener una buena comunicación. Y tal vez sería un esquema válido si no existieran los sentimientos.

El mundo emocional del niño es tan o más complejo que el del adulto, lo que dificulta el entendimiento entre ambos y hace imprescindible que los padres aprendamos el arte de la comunicación para garantizar que decimos lo que queremos decir y, a la vez, escuchamos lo que realmente el niño siente y quiere decir. Esto puede parecer una nimiedad pero en las relaciones cotidianas, los conflictos, el exceso de trabajo y el cansancio ponen las relaciones entre padres e hijos en constante jaque.

Nosotros, como adultos, confiamos nuestros sentimientos, problemas y ansiedades sólo a aquella o aquellas personas que sabemos que realmente nos prestarán toda su atención y nos escucharán más allá de las palabras. A los niños y a los adolescentes les ocurre lo mismo. Y cuanto más pequeño es el niño, más necesita que prestemos oídos y atención a sus conflictos cotidianos por mucho que a nosotros, en ocasiones, nos parezcan insignificantes y baladíes.

Las palabras que utilizamos como respuesta a las explicaciones de un niño pueden facilitar que continuemos el diálogo o bloquearlo. Veamos el siguiente ejemplo:

Víctor es un niño de 4 años y al salir de clase la señorita le dijo a su madre:

­ Hoy he tenido que castigarle con otros niños en unas sillas aparte porque no querían volver del recreo.

Su madre podía haber contestado:

­ ¿Cómo es eso Víctor? Debes hacer caso a tu maestra y entrar en clase cuando ella lo dice.

Y ahí se habría acabado la conversación. La madre no habría dejado espacio para la comunicación ni de los sentimientos ni de la situación personal vivida por el niño en el recreo.

Veamos cómo habló la madre con Víctor y qué sucedió:

­ (cogiéndole en brazos y alejándose) ¿Cómo te has sentido cuando la maestra te ha castigado?

­ Mal, muy mal.

­ ¿Por qué crees que te ha castigado?

­ Porque no entrábamos en clase. Pero es que yo estaba jugando con mis amigos en el tobogán y no quería entrar.

­ ¿Y crees que tenías que entrar o quedarte en el patio?

­ Tenía que entrar.

En el primer diálogo, para el niño la intervención de su madre resulta vacía de contenido puesto que él ya ha llegado a la conclusión de que debe entrar en clase cuando la señorita lo llama y, sin embargo, no se tiene en cuenta cómo se ha sentido, cómo ha vivido la situación. Mientras que, en el segundo, lo que el niño recibe es: “A mi madre realmente le interesa lo que siento y lo que pienso”.