Conciencia para un comercio justo

Por: Carlos Miguélez / CSC.

Esta mañana antes de terminar el desayuno habremos dependido medio mundo. La mayoría de los productos que consumimos proceden de otros lugares y requieren el trabajo y el esfuerzo de millones de personas. Pero la vorágine de la vida moderna nos impide ver que el mundo está interrelacionado.

Que se tenga que acompañar la palabra comercio con el adjetivo “justo” demuestra que el comercio en sí no lo es. Sucede como con el fair play o la “responsabilidad corporativa”. Son términos que suenan bien, pero que pierden fuerza al presentarse como una alternativa en lugar de ser una obligación.

Es cuestión de voluntad que el comercio justo se convierta en una opción viable de consumo. En Inglaterra, una encuesta reciente determinó que la mitad de las personas que vieron el símbolo Fairtrade (comercio justo) sabían su significado. Cerca del 20% del café allí consumido se produce en cooperativas de pequeños agricultores y se vende con la etiqueta Fairtrade. Estos trabajadores reciben salarios dignos y una vivienda, poseen normas mínimas de salud y de seguridad.

Además de sacar de la pobreza a muchas comunidades, el trabajo en un ambiente que fomenta la participación crea los cimientos de una sociedad civil cohesionada, concienciada y comprometida. Ahí radica la verdadera solución para remediar la desigualdad que ha provocado el sistema neoliberal.

La producción autosuficiente le quita sentido a la limosna, y se lo da al trabajo. Se paga por lo que se compra sin que intervenga la especulación de multinacionales y países ricos que en pueden hundir los precios de un producto y determinar el bienestar de un país entero. Fue el caso del café que dejó a miles de productores en la miseria, provocó emigraciones masivas y proliferación de cultivos de coca, ocasionando miles de muertos.

En muchos lugares se ha dado ya el primer paso: proporcionar a las comunidades de los países del Sur herramientas, conocimientos e incentivos para producir con calidad. Falta dar entrada a esos productos y, para eso, la sociedad debe adquirir conciencia y responsabilizarse de sus actos.

Está en nuestras manos que en nuestras tiendas se vendan productos de comercio justo. Saber que quizá compramos más caro, pero devolvemos la dignidad a miles de personas. Si a esto añadimos el potencial que tienen los medios para denunciar el modelo comercial de hoy, podremos crear el espacio para un comercio justo. Una justicia que deje de ser un capricho para convertirse en algo habitual.