CARTA ABIERTA DE UN ILEGAL

En el país más rico y generoso, donde la libertad alcanzó su máxima expresión, tengo prohibido hablar. No se me permite decir lo que siento en la patria donde la justicia y la razón construyeron su hogar. En la nación donde todos tienen derecho de hablar a mí se me niega la posibilidad de defensa cuando soy atacado y difamado. Será que es cierto lo que se dice, que en esta tierra no soy ni significo nada. Porque los que atacan con sus voces rencorosas y hostiles tienen mucho más eco; porque mis consignas que no saben hacer ningún mal sino que, por el contrario, construyen y dignifican la vida, no logran abrirse camino; porque estos pensamientos míos nacidos del seno de mi amada soledad no pueden hacerse escuchar.

Será que en el país de la fortuna lo que cuenta y vale son las monedas, mientras que yo, pobre obrero soñador, aún creo que la belleza del alma es suficiente para abrirse paso por la vida.

Lo denso de las penumbras de nuestro anonimato es la razón que me motiva a hablarle al viento, que es el único que me escucha, para que lleve hasta el oído de mis compañeros la esencia de un himno que aspira a un despertar espiritual colectivo, lejos de la pereza y mediocridad, apartado de odios y rencores, de antipatías y maldad.

Somos seres humanos, y como tales merecemos ser escuchados. No pueden negarnos ese derecho y, si lo hacen, son indignos de ejercer la tarea de jueces del mundo que ellos mismos se han adjudicado. Cómo podrían llevar la democracia a otras naciones si no saben escuchar las voces que habitan en la propia. Cómo podrían amonestar a quien censura por medio del terror y la violencia si ellos mismos amordazan a quien pretende hablar en su propio suelo.

Habitamos las sombras. Ése es nuestro destino y nuestro dolor: sólo la luz del día nos ilumina cuando uno de los nuestros comete un delito que conmueve la comunidad, pero los miles que trabajamos en las sombras, los hombres que edificamos la nación, no contamos con medios de defensa. Hablan en nuestro nombre, promueven leyes a nuestro favor o en contra sin tomarnos en cuenta, minimizando nuestro conocimiento y nuestra inteligencia.

Quiero hablar porque creo que merezco ese derecho. No soy un docto ni ilustrado, por lo que mis palabras carecen de la técnica y el aburrimiento de los académicos. Soy un hombre como tantos, con idéntico sentir y mismos impulsos. Soy un hombre que ha llegado al fondo de sí mismo para encontrar un universo plagado de sombras impuras de pensamientos insanos, pero también de redondos soles y claras estrellas que arroban mi alma y me conducen por senderos de paz. Soy un hombre que ha caminado interminables senderos y se encuentra, solitario y pensativo, contemplando la luz de la Luna, sonriendo de mi propio pensamiento que me dice: “Cuánto puede significar una vocecilla trémula del alma para el tremendo vozarrón del poder”.        

Posdata: Como el propósito de esta carta no requiere de mi nombre real, tomaré el sobrenombre de EL VAGABUNDO.