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  • Edición impresa de Junio 2, 2009.

Sin mala intención

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Yo nunca he conocido a nadie que no quisiera saber hablar inglés. Es un idioma breve y eficiente, y el mundo entero es o quiere ser bilingüe en inglés.

Ahora bien, el único lugar del mundo donde el idioma inglés está en peligro de desaparecer, según algunos nativos, es Estados Unidos. Aquí no sólo demandan que hablemos inglés, sino que quieren que las empresas que nos emplean no usen otro idioma para comunicarse con nosotros. Demandar el uso de inglés se ha convertido en un arma política contra los extranjeros. El propósito no es defender el idioma nacional, sino eliminar cualquier otro idioma que ellos no entiendan.

El problema con los idiomas es que hay que aprenderlos, y eso depende de la capacidad, edad y destreza de cada uno. Muchos entienden inglés, pero al tener que abrir la boca para expresar una idea, la mente se queda en blanco.

Todos los que aprendimos inglés a palos hemos sufrido el pánico producido por no saber cómo pedir algo en un establecimiento o no poder leer las etiquetas en el supermercado. Nuestros hijos no pasarán por eso. Los que demandan que hablemos inglés, sin importarles la razón por la que no lo hablamos, deben saber el terrible secreto de que todos los extranjeros pierden, poco a poco, el uso de su idioma y comienzan a usar anglicismos.

Aquellos que demandan que hablemos inglés sin tomar en consideración lo antes expuesto, son generalmente monolingüistas ineptos, ya que si hablaran algún otro idioma correctamente comprenderían lo difícil que es dominar otra lengua. Después de lograr hablar el nuevo lenguaje nos queda el acento, producido por la inhabilidad de la lengua de posarse en el lugar correcto a menos que se preste atención. El acento asegura que aunque nuestro vocabulario en inglés sea extenso, nuestra procedencia se vuelve evidente.

Nadie ha definido con certeza cuándo una persona habla un idioma. Los turistas lo hablan con un diccionario en la mano, los hombres de negocios lo hablan cuando tienen la motivación pecuniaria y los filósofos lo hablan a un nivel idiomático más alto. La tabula rasa más cercana para medir la competencia en un idioma es cuando se comprende su humor. Si nos reímos de los chascarrillos en inglés, es evidencia de que en realidad somos bilingües.

Todos queremos y debemos hablar inglés. Todos los estadounidenses quieren que hablemos inglés, pero primero son ellos los que tienen que decidir cuáles son los parámetros que definen lo que debemos aprender y en qué momento y a qué nivel se nos tildará de ser angloparlantes. Si hay millones de nativos que hablan un inglés atroz, no es justo que se nos culpe de no hablar el idioma perfectamente.

Nosotros los hispanos somos conscientes de que tenemos que hablar inglés, pero también sabemos que no tenemos que dejar de ser bilingües. En esta nación para inmigrantes el ser bilingüe es considerado una traición, y el ser políglota un delito mayor.

 

 


 

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