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  • Edición impresa de Junio 15, 2010

Racismo, muerte e indiferencia

Anastasio Hernández Rojas no pudo ver a los miles de inmigrantes hispanos que salieron a protestar en Phoenix contra la ley que los criminaliza; tampoco se ha enterado de que la frontera está ahora más militarizada que ayer y no le importa si pasa o no pasa un reforma migratoria en el Congreso de Estados Unidos.

Anastasio Hernández Rojas está muerto. Murió tras ser golpeado brutalmente por unos veinte patrulleros fronterizos en las inmediaciones del cruce fronterizo Tijuana-San Isidro, momentos antes de ser deportado.

Ahora las autoridades mexicanas defensoras de derechos humanos lamentan la muerte del inmigrante que vivía hace veintisiete años en San Diego, California, pero eso no le sirve a Anastasio. Anastasio está muerto.

Anastasio, cuyo cerebro sucumbió ante los golpes antes que su corazón, murió de un infarto como consecuencia de los golpes recibidos por aquellos llamados a hacer cumplir la ley; la ley de los hombres, que prioriza una línea fronteriza y desprecia la dignidad de la vida humana.

Las versiones ‘oficiales’ de los patrulleros fronterizos indican que Anastasio se negó a la deportación e intentó huir. Él no puede contradecirlos: está muerto.

Está muerto a pesar de sus hijos, de sus padres, de sus hermanos y de todos los suyos. Está muerto por su condición de inmigrante, está muerto por su condición de hispano.

¿Cuántos más Anastasios tienen que morir? ¿Cuánto más tiene que padecer la comunidad inmigrante hispana para ganarse un lugar digno en la sociedad estadounidense?

¿A que nivel tendrá que llegar la degradación humana que humilla, discrimina, relega, tortura y mata antes de detenerse?

Hoy, cuando el mundo está volteando la mirada a Sudáfrica para extasiarse en lo que representa lo mejor de una humanidad que se presta a la hermandad y a la sana competencia del deporte, es justo recordar las lecciones que ese continente le ha dado al mundo.

Desmond Tutu, el hombre sin cuya sabiduría seguramente Sudáfrica no sería Sudáfrica y estaríamos jugando fútbol en otra parte, nos dice, tratando de resumir el concepto básico de la filosofía africana, Ubuntu, que somos humanos sólo a través de los demás, porque nos necesitamos unos a otros.

El reverendo Desmond Tutu insiste en que la tendencia natural del hombre es a la cooperación y el apoyo. Si eso no fuera así, dice, hubiésemos desparecido hace mucho como especie, consumidos por el odio y la violencia.

La rabia y el resentimiento corroen y amenazan nuestra armonía. Aquellos que destruyen y deshumanizan también son víctimas, usualmente de fanatismos religiosos, políticos o racistas que los llevan a la irracionalidad y nos anulan como sociedad.

Cuando despreciamos a un semejante, nos despreciamos a nosotros mismos. Cuando atacamos su dignidad, perdemos la propia. Deshumanizando nos deshumanizamos a nosotros mismos.

Hay muchas formas de deshumanización; una de ellas es la indiferencia.

¿Cuántos Anastasios tienen que morir?

 


 

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