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  • Edición impresa de Junio 5, 2012

México del Norte • La inevitable globalización

Estos gringos no entienden. Peor, les da terror aceptar lo que han estado promoviendo durante años: la globalización.

Algunos dicen que la globalización, proceso de intercambio entre todos los países del mundo, que a la larga termina por borrar las fronteras en muchos sentidos, nació con Cristóbal Colón, allá en 1492 cuando se perdió en el Atlántico y se topó con nuestro continente. Otros dicen que nació cuando se cayó la Unión Soviética y otros, que cuando el hombre llegó a la Luna, o cuando un mes y medio después nació Internet.

“Haiga sido como haiga sido”, nuestro planeta hoy está marcado por la globalización, la integración de las economías locales en una gran economía mundial, donde el dinero se mueve de un lado a otro prácticamente sin restricciones. Es la era de las “transnacionales” y las “multinacionales”, palabras sofisticadas que sirven para ocultar la aborrecida palabra original: monopolios.

A los trabajadores pobres, por supuesto, no les está permitido moverse junto con el dinero y las vacas. Para ellos hay muros fronterizos, leyes tipo Arizona y Alabama, y políticos como Barack Obama que deciden que hay que rebotarlos al lugar de donde hayan salido. Para ellos, el mundo no es “global”, sino más bien un globo desinflado.

Para los ricos si es permitido moverse y “globalizarse”. Con plata baila el perro, dicen, y lo mismo las aduanas y los sistemas migratorios, y muchos países decidieron que sus ciudadanos podían también ser ciudadanos de otros países, y con la globalización nació la ciudadanía múltiple.

Así se movieron los papás de un tal Marcus Bachman, de Suiza a Minnesota, donde compraron una granja y acá nació su chamaco. Y no quien los pelara, excepto que el chamaco se casó con una gringa, y hace unos meses le pasó su nacionalidad suiza automáticamente.

Como hijo de padres suizos, Bachman tenía derecho a la ciudadanía de aquél país, además de ser estadounidense por nacimiento. Siendo así, se decidió a solicitarla y se la dieron, incluyendo a sus hijos, nacidos también en Estados Unidos, y a su esposa, gringa también por los cuatro costados.

Nomás que su esposa es Michelle Bachman, congresista de Minnesota y pre-candidata presidencial del Partido Republicano hasta hace un par de meses, cuando perdió horrorosamente en Iowa y se retiró de la carrera electoral.

Y como una cosa es ser o creerse dueños del mundo, y otra es no ser gringo cien por ciento, Michelle Bachman acaba de renunciar a su ciudadanía suiza.

El caso es que Bachman está peleando contra algo natural en el mundo que está impulsando. En 2008 todos los candidatos presidenciales gringos podían tener una segunda nacionalidad, excepto Hillary Clinton. McCain nació en Panamá, y el padre de Mitt Romney era mexicano. Y Obama, por supuesto, tiene derecho a la nacionalidad de su padre, oriundo de Kenia.

Y en estas elecciones será igual. Un keniano-americano contra un méxico-americano. Si Bachman hubiera ganado, pues sería un keniano-americano contra una suiza-americana.

Es inevitable. En cada elección habrá más y más candidatos algo-americanos que ganarán. Los próximos gobiernos del país “más grandioso del mundo” serán cada vez más “globales”, y cada vez serán menos los “100 por ciento estadounidenses”.

 


 

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